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martes, 24 de julio de 2018

El Caballero de Olmedo. Noviembre Teatro. Festival del Castillo de Niebla. La sobriedad como estética.


    
 



Parquedad en la propuesta de este “caballero” presentado por Noviembre Teatro. Sobriedad en los modos y maneras, en el movimiento escénico y la escenografía. Esta versión del clásico amatorio está apoyada fundamentalmente en el poder mágico del verbo lopevegano, en el lance verbal y el manejo de las pasiones universales por encima de épocas y periodos históricos. Y en la reconocida autoridad del director con los clásicos. Bien mirado, este predestinado (que de noche le mataron, al caballero) podría situarse en rincones que todos conocemos, de la más rabiosa actualidad, ofrecernos el retruécano de su espejo invertido para que los personajes se nos aparezcan como vivos y palpitantes. 

No ha cambiado mucho el orbe desde que el fénix de los ingenios escribiera esta maravilla casi necrófila, donde se nos hace spoiler desde un principio. Desgraciadamente, la humana envidia, el recelo hacia el que es diferente y la incapacidad de procesar la frustración forman parte de la textura de nuestra enfermiza sociedad. No hay más que echar un vistazo al terruño que habitamos donde el desprecio al que piensa diferente puede terminar en baile de navajas y la envidia ocupa un amplio territorio en el mapa genético. 
El maestro madrileño jugó en su texto con los tópicos y el oscurantismo de una época donde la dama que no llega a nupcias tiene como salida el convento. El contrapunto cómico de una propuesta de sobriedad vocacional, castellana y áspera, lo aportan el sorprendente control de ritmos de Tello (Arturo Querejeta); el criado pícaro y barbián; y la “celestinesca” Fabia. Un dechado de trapacería y alcahuetería que borda la actriz Charo Amador. El director (Eduardo Vasco) juega en algunos instantes con la rotura de la cuarta pared, humaniza al personaje sentándolo en el borde del escenario para declamar ese verso claro y certero que se gastaba el áureo madrileño. La tragedia de Don Alonso flota en el aire olmedano como algo inasible e inatrapable, como un fatum funesto, teñido de luto. Y es más triste porque Daniel Albadalejo recrea un personaje que juega en la cercanía, que proyecta empatía (amén de proyectar la voz con pericia) y al que no le deseamos ningún mal.  
Hay un certero equilibrio entre los instantes solemnes (algunos casi enlutados) y las aportaciones cómicas. La tragicomedia no se encorseta, no chirría. Incluso cuando las “innovaciones” pasan por añadir a la clásica balada mortuoria (Que de noche le mataron... al caballero. Gala de Medina, la flor de Olmedo) palmeos “jondos” y de verdeluna  (casi un premonitorio coro griego) o acompañan los recitados con una guitarra eléctrica. Ora suave y melancólica, en leves arpegios y acordes insinuados, ora rockera, con fúnebre predestinación en sus cuerdas. 

Pese a estos enriquecedores añadidos la propuesta es de lo más ortodoxa. Y esto se agradece. Respeto por la génesis literaria, respeto por la fatalidad en el verso inabarcable, respeto por el mensaje desasosegador de la única tragedia de Lope de Vega, que bebe de influencias tardomedievales (esa alcahueta fernandorojiana) y legendarios (la historia del caballero en una canción popular) y con elementos de la Comedia Nueva. La austeridad y el minimalismo como arma en la expresionista iluminación (Miguel Angel Camacho) y en la escenografía. No se precisa nada más. Lope sabe proyectar su intensidad en la dramaturgia, sin excesivos cambios espaciales. Ya las tormentas humanas sostienen la armazón dramática con suficiente intensidad en la candidez de Doña Leonor (Elena Rayos) o la pasión lúdica y las maniobras de la enamorada Doña Inés (Isabel Rodes), en plena ebullición amatoria. Correcto e intenso Fernando Sendito, en el envidioso Don Rodrigo que se crece en la declamación según avanza el personaje y su compinche Don Fernando (Rafael Ortiz).

 Resaltar las intervenciones de José Vicente Ramos en el rol de un padre, levemente despistado. Antonio de Cos recrea en sus dedos la intensidad de los instantes, pasando de músico al personaje del Rey. La colocación de los micrófonos hacía que se perdieran levemente los instantes en que los actores no miraban al patio de butacas. Hermosos los diseños de Lorenzo Caprile, para un vestuario que envuelve en un aura funesta y trágica. Quizás sea de los escasos casos en que el público acudía a la obra sabedor del desenlace (uno de los primeros spoilers de la historia) de este drama barroco.

 Ciertamente, así se dicen los versos, así se vive la dramaturgia en medio de la conceptual escenografía de Carolina González. Con naturalidad y flujo. Con elegancia, fluidez y certeza. Destacar la cita que se hace en la obra a los personajes de Fernando de Rojas en “La Celestina”. Un drama que al final deja un cierto sabor amargo. No andamos tan lejos de esta aciaga enemistad  atemporal entre Medina y Olmedo.

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