sábado, 24 de agosto de 2019

Tito Andrónico. La abyección como estética Teatro del Noctámbulo. 65 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida


                                        
Guillermo Serrano

 Con “Tito Andrónico”, el bardo de Stratford-upon-Avon se adelantaba bastantes años al Grand Guignol. Y es que, en esta propuesta de Teatro del Noctámbulo, los platos están servidos (literalmente) exhibiendo sobre los manteles miembros cercenados, decapitaciones, mixtificaciones, insania, iniquidad, violación o antropofagia. Un escenario casi espartano (Juan Sebastián Domínguez), permite a los actores utilizar sus dimensiones al completo, incluso con habilidosa utilización de la orchestra para la intensa finalización del primer acto, que destiló cercanía e intensidad dramática. Edward Ravenscroft refirió una tradición teatral según la cual, el drama se debía a un autor ajeno a la compañía, al que Shakespeare “dio tan sólo unos magistrales retoques”. Incluso algunos estudios la presentan como una parodia frente al estilo de Christopher Marlowe (en concreto el personaje del moro Aarón es una respuesta al Barrabás de Marlowe). El trabajo de Nando López (una lírica poda) ha sido titánico. La poesía de los textos envuelve y tamiza la terrible violencia que gravita sobre el pathos de los personajes, con el añadido de un monólogo propio (Tamora en la escena de Las Furias). Un drama con influencias de Séneca y Ovidio, con situaciones dramáticas tratadas con rudeza, inhumanas, y caracteres al gusto isabelino. El Renacimiento inglés imputa al Medioevo todas esta belicosidad y estética de la violencia, considerando en términos de barbarie todo lo anterior a la luz del proyecto humanista de la dinastía Tudor. Claro ejemplo es el personaje de Lucio (excelente Alberto Barahona), un sujeto político moderno que personifica el uso de la retórica. El diseño de iluminación (Carlos Cremades) resalta notablemente el dramatismo de los instantes. Como esa silueta espectral de Lavinia, surgiendo a contraluz, con los miembros cercenados, ramas como muñones y caminar tambaleante. 

Jose Vicente Moirón y Lucía Fuengallego
Carmen Mayordomo (reina Tamora), compone un personaje astuto, vengativo, con instantes de humor en esos diálogos para convencer al incauto Saturnino (Gabriel Moreno) de que perdone a Tito. La actriz hace gala de una dicción clara, potente emisión y ductilidad en la voz. Guillermo Serrano se lleva lo mejor de la casa en su icónico personaje del moro Aarón (tras ser acuchillado como Mucio). Un papel que le permite mostrar su versatilidad, su proyección vocal, un sentido del humor canalla y madurez escénica. Tito es un hombre atormentado, constreñido por las lealtades, oprimido por las leyes a las que se debe. José Vicente Moirón extrae a su héroe oscuro toda la savia envenenada del personaje. 

La insania, la predestinación o la abyección gravitan sobre su composición emocional, con instantes de enorme intensidad dramática y amplio calado humano. Su dominio de las texturas vocales, su capacidad para controlar el tempo y la declamación, su control de las emociones, componen una partitura de diversos niveles, acercando (y humanando) un personaje guiado por el ansia de venganza. Con certeros instantes de humor negro. Como ese histriónico cocinero en la antológica escena del banquete antropófago. Verdadera ceremonia sangrienta. El ámbito musical es resuelto con unas composiciones que se pliegan hábilmente a los instantes dramáticos. Desde el concepto marcial, la fanfarria, los vientos (desfile con antorchas) a los instantes atmosféricos con largos acordes sostenidos, temas vibrantes o sombríos. La composición de Antoni M. March se hibrida perfectamente con la textura dramática. Sin altisonancias. Sin eclipsar el ejercicio del texto. 

Lucía Fuengallego (Lavinia) extrae una gran paleta de matices de un personaje desgarrador, damnificado, que se ve obligado a utilizar el lenguaje corporal por razones obvias. Gran parte del mérito para convertir esta sangrienta propuesta en un Grand Guignol estilizado, procede del atemporal y efectivo vestuario de Rafael Garrigós y el eficiente maquillaje de Pepa Casado, que sustraen el conjunto de su negación de la clemencia, de su caos inhumano, situándolo en tierra de nadie.  Antonio Castro Guijosa y Teatro del Noctámbulo han construido una arquitectura dramática soberbia, de notable ritmo narrativo e intensidad humana que aprovecha las estructuras del escenario en escenas como la de Quirón y Demetrio (notables Alberto Lucero y José F Ramos) entre las columnas. Un montaje donde todos los actores merecen ser reseñados y que, acerca a los más profundos abismos del ser humano a través de la palabra y el gesto. A la inexorabilidad del destino que nos mueve como hojas en el viento. A la poesía vibrante del horror ¡Esto es teatro! Esto es un hermoso epílogo para el Festival.

Carmen Mayordomo

REPARTO
(por orden de intervención)
José Vicente Moirón
Alberto Barahona
Carmen Mayordomo
Alberto Lucero
José F. Ramos
Quino Díez
Lucía Fuengallego
Gabriel Moreno
Sergio Adillo
Guillermo Serrano
Juan Vázquez
Cándido Gómez
Carmelo Sayago
CUADRO ARTÍSTICO TÉCNICO
Versión: Nando López
Música: Antoni M. March
Iluminación: Carlos Cremades
Escenografía: Juan Sebastián Domínguez
Vestuario: Rafael Garrigós
Caracterización y maquillaje:
Pepa Casado
Ayudante de dirección: Pedro
Luis López Bellot
Producción ejecutiva: Isabel Montesinos
Dirección: Antonio Castro Guijosa
Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y Teatro del Noctámbulo

jueves, 22 de agosto de 2019

LA CORTE DEL FARAÓN.65 FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA




 No es mi intención desviar esta reseña hacia conceptos ajenos a lo puramente artístico. Por eso presto a otras voces más capacitadas, asuntos tan candentes como la adecuación de las piedras milenarias para este tipo de espectáculos, la irrupción de lo coyuntural en los textos y la dramaturgia, o la utilización del argumento para introducir mensajes ajenos a la obra genésica o de cariz sesgado. La Corte del Faraón es una mixtura atípica donde encontramos elementos procedentes de la zarzuela, de la opereta junto a instantes arrevistados y cierto aroma de cuplé. El género sicalíptico contiene connotaciones de matiz sexual, diálogos cargados de insinuaciones y una querencia picante y vodevilesca. Imaginamos el impacto que supondría en el primer tercio del siglo XX en los proscenios. 
Esta obra es una mélange, donde el autor alcanza su madurez creativa mezclando esebouquet escénico que heredara del género chico, aplicando su habilidad como arreglista y su facilidad melódica para pergeñar una divertida (y subida de tono), parodia de Aida. Vicente Lleó recurre a dúos, tercetos, coros, pezzos de conjunto y cierta concesión al gusto popular en forma de cuplés, garrotines y danzas para dejarnos esta piedra angular del género “chico”, basada en la obra francesa “Madame Phutiphar”. De hecho, asume la cómica ridiculización de figuras legendarias tan cara a la opereta francesa. Aunque también acuse las influencias de la opereta vienesa y de Offenbach. Rodetacón Teatro se lleva a su terreno la sicalíptica propuesta, convirtiéndola en un musical fresco y rabiosamente divertido de la mano de Ricard Reguant y Juana Escabia, con certeras coreografías de Cuca Pon y tres canciones nuevas de Ferrán González.  Reguant ya presentò, en otra edición anterior, una excelente propuesta: “La Bella Helena” https://elgabinetedekaligari.blogspot.com/2017/08/la-bella-helena-los-monty-python-en-la.html. Los dobles sentidos, las insinuaciones y juegos de palabras, a día de hoy, no repercuten del mismo modo en una sociedad completamente distinta, pero conservan la “chispa” suficiente para arrancar unas carcajadas al espectador. 
El aspecto musical y, una vez superado un inicio con el sonido poco acertado, es impecable. Únicamente algunos instantes donde la potencia de la música eclipsa la comprensión del texto en los cantantes. Ferrán González deja de lado el tradicional concepto zarzuelístico para acercarse a un concepto mucho más moderno, con intervenciones de un coro perfectamente empastado (¡Victoria, victoria!) y apoyándose en la “escuela” y la experiencia en estos lares de Paco Arrojo. El resultado es un musical arrebatador donde cada interprete utiliza sus armas con solvencia. El placentino Paco Arrojo (soberbio timbre), control de la respiración y agudos cristalinos (va sobrado), compone un personaje divertido (El Casto José), con instantes exigentes en lo vocal. Dominio escénico de Itziar Castro (Faraón), que lleva su interpretación hacia la Revista o el Cabaret, rompiendo la cuarta pared e implicando al público con geniales improvisaciones (¿Eso es un móvil o es que te alegras de verme?), y solventando la parte vocal con soltura. Me sorprendió gratamente la versatilidad de Celia Freijeiro, actriz a quien conocía por obras como “La Playa de los ahogados” o “Todo es silencio”. Defiende el papel de Lota con una naturalidad pasmosa y una voz inesperada. El censor recreado Joan Carles Bestard es un difícil y esperpéntico personaje, que desarrolla con talento, controlando ese rol en el límite de lo grotesco. Destacar también el control del instrumento de Inés León (Raquel), cuya escuela en musicales queda patente en sus intervenciones. En su último tramo la obra deviene hacia situaciones que coquetean con el absurdo, pero la calidad actoral y la flexible dirección llevan a buen puerto esta aventura que divierte, entretiene y hace olvidar esos instantes oscuros, nefastos y contemporáneos con que han sembrado el libreto. El público participando en la dionisiaca ¡Ay, babilonio que mareo!¿Qué más se puede pedir?
REPARTO
Itziar Castro
Celia Freijeiro
Paco Arrojo
Inés León
Joan Carles Bestard
Javier Enguix
Noelia Marló
Basem Nahnouh
Antonio Maña
Cristina Esteban
Guillermo Pareja
Marta Castell
Pascual Ortí
Patricia Arizmendi
Tamia Denis
Rocío Martín

CUADRO ARTÍSTICO TÉCNICO
Adaptación: Ricard Reguant y Juana Escabias
Dirección y composición Musical: Ferrán González
Letrista: Xenia Reguant
Coreografías: Cuca Pont
Ayudante de dirección: Juana Escabias
Diseño de iluminación: Luis Perdiguero
Diseño de escenografía: Pablo Almeida
Diseño de vestuario: Maite Álvarez
Director de producción: Juan Carlos Parejo
Caracterización y maquillaje: Pepa Casado
Realización de escenografía: Gonzalo Buznego y Pablo Almeida
Confección de vestuario: Juan Ortega
Producción ejecutiva: Miguel Molina
Diseño de sonido: Félix Botana
Dirección: Ricard Reguant

Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y El Negrito Producciones

La Corte del Faraón.65 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida




 No es mi intención desviar esta reseña hacia conceptos ajenos a lo puramente artístico. Por eso presto a otras voces más capacitadas, asuntos tan candentes como la adecuación de las piedras milenarias para este tipo de espectáculos, la irrupción de lo coyuntural en los textos y la dramaturgia, o la utilización del argumento para introducir mensajes ajenos a la obra genésica o de cariz sesgado. La Corte del Faraón es una mixtura atípica donde encontramos elementos procedentes de la zarzuela, de la opereta junto a instantes arrevistados y cierto aroma de cuplé. El género sicalíptico contiene connotaciones de matiz sexual, diálogos cargados de insinuaciones y una querencia picante y vodevilesca. Imaginamos el impacto que supondría en el primer tercio del siglo XX en los proscenios. 
Esta obra es una mélange, donde el autor alcanza su madurez creativa mezclando ese bouquet escénico que heredara del género chico, aplicando su habilidad como arreglista y su facilidad melódica para pergeñar una divertida (y subida de tono), parodia de Aida. Vicente Lleó recurre a dúos, tercetos, coros, pezzos de conjunto y cierta concesión al gusto popular en forma de cuplés, garrotines y danzas para dejarnos esta piedra angular del género “chico”, basada en la obra francesa “Madame Phutiphar”. De hecho, asume la cómica ridiculización de figuras legendarias tan cara a la opereta francesa. Aunque también acuse las influencias de la opereta vienesa y de Offenbach. Rodetacón Teatro se lleva a su terreno la sicalíptica propuesta, convirtiéndola en un musical fresco y rabiosamente divertido de la mano de Ricard Reguant y Juana Escabia, con certeras coreografías de Cuca Pon y tres canciones nuevas de Ferrán González.  Reguant ya presentò, en otra edición anterior, una excelente propuesta: “La Bella Helena  https://elgabinetedekaligari.blogspot.com/2017/08/la-bella-helena-los-monty-python-en-la.html. Los dobles sentidos, las insinuaciones y juegos de palabras, a día de hoy, no repercuten del mismo modo en una sociedad completamente distinta, pero conservan la “chispa” suficiente para arrancar unas carcajadas al espectador. 
El aspecto musical y, una vez superado un inicio con el sonido poco acertado, es impecable. Únicamente algunos instantes donde la potencia de la música eclipsa la comprensión del texto en los cantantes. Ferrán González deja de lado el tradicional concepto zarzuelístico para acercarse a un concepto mucho más moderno, con intervenciones de un coro perfectamente empastado (¡Victoria, victoria!) y apoyándose en la “escuela” y la experiencia en estos lares de Paco Arrojo. El resultado es un musical arrebatador donde cada interprete utiliza sus armas con solvencia. El placentino Paco Arrojo (soberbio timbre), control de la respiración y agudos cristalinos (va sobrado), compone un personaje divertido (El Casto José), con instantes exigentes en lo vocal. Dominio escénico de Itziar Castro (Faraón), que lleva su interpretación hacia la Revista o el Cabaret, rompiendo la cuarta pared e implicando al público con geniales improvisaciones (¿Eso es un móvil o es que te alegras de verme?), y solventando la parte vocal con soltura. Me sorprendió gratamente la versatilidad de Celia Freijeiro, actriz a quien conocía por obras como “La Playa de los ahogados” o “Todo es silencio”. Defiende el papel de Lota con una naturalidad pasmosa y una voz inesperada. El censor recreado Joan Carles Bestard es un difícil y esperpéntico personaje, que desarrolla con talento, controlando ese rol en el límite de lo grotesco. Destacar también el control del instrumento de Inés León (Raquel), cuya escuela en musicales queda patente en sus intervenciones. En su último tramo la obra deviene hacia situaciones que coquetean con el absurdo, pero la calidad actoral y la flexible dirección llevan a buen puerto esta aventura que divierte, entretiene y hace olvidar esos instantes oscuros, nefastos y contemporáneos con que han sembrado el libreto. El público participando en la dionisiaca ¡Ay, babilonio que mareo! ¿Qué más se puede pedir?
REPARTO
Itziar Castro
Celia Freijeiro
Paco Arrojo
Inés León
Joan Carles Bestard
Javier Enguix
Noelia Marló
Basem Nahnouh
Antonio Maña
Cristina Esteban
Guillermo Pareja
Marta Castell
Pascual Ortí
Patricia Arizmendi
Tamia Denis
Rocío Martín

CUADRO ARTÍSTICO TÉCNICO
Adaptación: Ricard Reguant y Juana Escabias
Dirección y composición Musical: Ferrán González
Letrista: Xenia Reguant
Coreografías: Cuca Pont
Ayudante de dirección: Juana Escabias
Diseño de iluminación: Luis Perdiguero
Diseño de escenografía: Pablo Almeida
Diseño de vestuario: Maite Álvarez
Director de producción: Juan Carlos Parejo
Caracterización y maquillaje: Pepa Casado
Realización de escenografía: Gonzalo Buznego y Pablo Almeida
Confección de vestuario: Juan Ortega
Producción ejecutiva: Miguel Molina
Diseño de sonido: Félix Botana
Dirección: Ricard Reguant

Una producción del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida y El Negrito Producciones

lunes, 29 de julio de 2019

Pablo López. La Alcazaba encendida


                                     


Una ligera brisa comenzaba a acariciar las laderas de la Alcazaba pacense, cuando Pablo López se sentó al piano para dar comienzo  a un concierto potente, intenso y lleno del carisma del cantante malagueño. Pablo lo mismo sirve para un roto que para un descosido, y se permite recordar a Freddy Mercury y sus improvisaciones vocales o introducir la melodía de “La luna de miel,” (que popularizara Gloria Lasso), para enlazarla con una de sus canciones. La noche acompañaba, el entorno era de ensueño, y la breve afonía del cantante no deslució esta segunda edición del Alcazaba Festival. El malagueño lo da todo sobe el escenario y con su mera presencia, aún sin sentarse al piano, ya tenía ganados a todos los seguidores  que desde temprana hora esperaban en la Puerta del Capitel. Gritos de “Pablo” “Pablo” y luego la locura, que alcanza su cenit en el quinto tema cuando el cantante saca de su arsenal la bellísima “El Patio, una canción que habla de liberarse de los fantasmas, coreada por un público que conocía las letras y las disfrutaba sílaba a sílaba. Frase a frase. Un público que bailaba y se dejaba llevar por la magia del espectáculo, que vivía con intensidad el mensaje de cada canción. “Santa Libertad” había llegado a Badajoz, y los espectadores estaban dispuestos a que se quedara un buen rato el cantante, que estaba disfrutando de la “impresionante” Alcazaba. La primera fila enloquece y “Sigue jugando ¿Qué más da? A estas alturas, Pablo López nos cuenta que “ya no queda nada” y se ha metido al publico en el bolsillo, haciéndolo cómplice de su alquimia, repartiendo sentimientos y vivencias. Compartiendo y consiguiendo que todos coreen y disfruten esta hermosa canción, convirtiéndose en “niños con los pies descalzos”
Más de 20 metros mide el impresionante escenario, ocupado por el piano, guitarra, bajista y batería. Los músicos, acertados en todo momento, arropados por las elaboradas proyecciones de maping y las reproducciones de las distintas canciones (con elaborados iconos lumínicos) que se iban proyectando en base al tema cantado, siendo una de las más celebradas Mi gato”. En ella cuenta, que su gato Freddy “es mejor persona que yo”. 

Un tema emotivo, de una sensibilidad extraordinaria que sólo entenderán quienes disfruten (o hayan perdido) de la compañía de uno de estos peludos, algo egoístas e individualistas. La estructura de la canción es portentosa, con ritmos quebrados, cambios de intensidad breve y pujante. Y una letra soberbia, plena de metáforas, que los entregados espectadores disfrutaban y bailaban. A partes iguales. Ya había aludido el cantante al hermoso entorno para “pasar la mejor noche de mi vida”, una hermosa propuesta con diferentes cambios de ritmo, romántica, con una progresión melódica que invita a acompañar al protagonista. Algo, que a estas alturas, ya no hacía falta solicitar de un público, que conocía todos los pormenores de las letras y aprovechaba los instantes musicales para aplaudir o gritar desaforadamente el nombre del malagueño. “El Niño es una historia desgarrada, triste, desoladora, que Pablo López desgrana con el sentimiento que es su marca de clase, consiguiendo esa magia que lo ha colocado en primera línea de la música. 


La canción  Vi comienza con un poderoso arpegio para dar paso a un ritmo sincopado, dejando el estribillo para el público. Pablo posee un sentido innato del tiempo, maneja los instantes, improvisa y pregunta ¿dime que me quedo yo? Una confesión sobre el apoyo que el cantante David Bustamente le prestó cuando se encontraba sin esperanzas. 

Lo más destacado de este creador es su cercanía. Su bonhomía sobre el escenario. La sensación de estar escuchando a alguien próximo, que derrocha sentido del humor  y enamora, golpea o acaricia a su amante-piano, mientras bromea sobre temas cotidianos o sube a una chica del público (María Galván) a cumplir su sueño de cantar con él. Un ejercicio de humildad por parte del cantante y defendido con solvencia  por la emocionada invitada. El Camino”, sirvió de tema central para la película: Ti Mai: Rumbo a Vietnam. Una balada intensa con una letra que destila sabiduría emocional: “Y te juro que vale la pena caerse y partirse la cara”, donde el cantante saca todo su pellizco hablando del miedo a la perdida. DJ Luigi (su hermano recibe el delicado homenaje de El Incendio”. La brisa va perdiendo su nombre, pero el público; ya ha rendido sus naves y apenas la siente, entregado en ese incendio. La pasión y la entrega del cantante, que se está dejando la voz en el intento. 



Una historia, aparentemente banal, con desenfado rítmico, que habla sobre un teléfono apagado (El Teléfono), deja una vez más sobre el albero de la Alcazaba esas letras que misturan lo cotidiano con lo poético, lo lírico con lo rutinario de forma magistral como esa frase de ecos sabinerospor ser becario en la oficina del derroche”. Uno de los instantes más intensos donde derrocha todo su saber hacer y ese feeling que tiene con el público, lo dio un temazo como “Lo saben mis zapatos”.  A lo largo de la noche se sucede la mezcla de canciones de su nuevo álbum con trabajos anteriores. 

La emocional “Lo Imposiblehabla de caos y derrota, de encuentros inesperados. Otro de los aciertos musicales de este tercer álbum del cantante. Después, la apoteosis. “Tu enemigo” sirve de denuncia y de catarsis para un público que acompaña como coro improvisado. Pablo López exprime, reinventa y recrea la canción, golpea el piano con su peculiar estilo. A estas alturas la “brisita” ya no puede calificarse como tal y el cantante ha extraído todo el elixir de su voz. Ha terminado el exorcismo emocional. La Alcazaba vuelve a señorearse del instante mientras los últimos espectadores remolonean para retrasar el regreso a lo cotidiano. Enhorabuena a la organización por esta segunda edición. Hasta la próxima.




lunes, 22 de julio de 2019

Música de cine. Orquesta de Extremadura. David Hernando. 25 Festival Ibérico de Cinema


               
Alejandro  Pachón y Pascal Gaigne

Un programa ecléctico, grato y celebrado por el público el que desarrolló la OEX, bajo la experta batuta en estas lides, del director invitado:David Hernando. La composición de Roque Baños “Balada Triste de Trompeta” abrió el concierto. Esta es una banda sonora portentosa, cuidadada, de reminiscencias hermannianas. La OEX extrajo con pericia esas dos líneas con las que juega el sounddtrack. La poética intensa (en cierto modo patética), y lo implacable del motivo obsesivo, manejando el dramatismo y romanticismo enfermizo a partes iguales. Un duelo musical devastador y valleinclanesco. Como una pintura negra de Goya.
La delicadeza de “Loreak” llenó el salón del Palacio de Congresos de Badajoz. Esta es una banda sonora escasamente narrativa. Más emocional y poética que discursiva. A nivel de epidermis, con ese leitmotiv que va floreciendo a delicadas pinceladas. El poliédrico compositor Pascal Gaigne se encontraba entre el público y recibió un “Onofre entregado por el director del Festival: Alejandro Pachón.
A continuación la orquesta interpretó “Lasa y Zabala”, una partitura descriptiva, vigorosa, con evocaciones de Morricone; en estructura y finalidad; extrayendo un sonido poderoso, compacto y de intenso dramatismo.


El Elegido”, de Arnau Bataller, gira alrededor de un tema principal que crece en dramatismo. Una sugerente partitura
Un cambio de tercio lleva al mundo de la animación, con una escritura de Zacarías Martínez de la Riva que fagocita los códigos del cine de aventura y los seriales. “Las aventuras de Tadeo Jones” y “El Secreto del Rey Midas” recibieron la lectura descriptiva y el énfasis que solicita el soundtrack, sin perder esa faceta lúdica y de divertimento de un género con sus propios estilemas: peligro, sustos, épica, etc. Notable resolución de las diferentes líneas que requiere el pentagrama.

A continuación la agrupación entraba en el territorio de lo mítico con la obra maestra de Max Steiner “Lo que el viento se llevó”. Steiner fue uno de esos europeos que emigraron a Estados Unidos en una época en que los estudios comienzan a apostar por compositores desconocidos y a alejarse de los “prestamos musicales” de compositores clásicos. Esta partitura marcó un antes y un después a la hora de componer para el cine. El público pudo disfrutar de los evocadores acordes que; sin duda; rememoran a “Tara”. La orquesta imprime una melancolía serena al intenso cromatismo de este poema sinfónico, compuesto por el padre del leitmotiv en la pantalla, exhibiendo su habitual empaste y elegancia.

Otro instante de gran emoción fue la interpretación de “El oboe de Gabriel”, extraída de la película “La Misión. Una de las composiciones más intensas y reconocibles del inmenso Ennio Morricone. El oboísta extrajo (con férrea columna de aire) la delicadeza y el apasionado hechizo de esta melodía. Inicio en los contrabajos y timbales, anunciando el tema principal que primicia el oboísta. Acompaña la cuerda en suave contrapunto melódico hasta crear una atmósfera emotiva, densa, suave. Una hermosa coda final, bellamente concluida con el leve ritardando. Numerosos aplausos del público ante la belleza de la ejecución.


David Hernando

James Newton Howard dispuso de escaso tiempo para componer su “King Kong”, una obra (casi una elegía) sustentada en dos motivos musicales que se alternan y combinan. La profunda y serena belleza, se mixtura con acordes que causan inquietud y un poderoso hálito fantástico. La amenaza que representa la isla está presente en este score, del que la orquesta extrae un sonido nítido, compacto, para uno de los trabajos más difíciles del autor, a caballo entre el sinfonismo de Williams y Goldsmith.
Alejandro Pachón y Pascal Gaigne














Al británico Harry Gregson-Williams le correspondió el  honor de musicar algunas de las obras de la heptalogía de C. S. Lewis “Las Crónicas de Narnia”. La espectacular composición se integró con las imágenes, sin fuegos de artificio. Respetando el hálito épico y fantástico del la obra genésica.
El epílogo del concierto estaba reservado para uno de los grandes: John Williams. El compositor creó para Spielberg, una extensa suite, de asombrosa lucidez tonal. Una partitura a caballo entre el musical y el ballet; con toques oníricos; en la que emplea toda una amalgama de géneros.
La experta batuta del conductor, David Hernando, extrajo hermosas pinceladas de la orquesta; nítida y equilibrada en las familias; dentro de un  programa que permitía lucirse a todas las secciones. Certeros y emotivos los vientos. Intensa y vibrante la percusión, con amplio despliegue de medios. Emotiva (o épica) la cuerda, según lo solicitara la temática de la obra.
Todo un acierto del Festival Ibérico de Cinema y de la OEX la programación de estos conciertos.






martes, 16 de julio de 2019

Raiva. Oscuro western alentejano con proscrito. 25 Festival Ibérico de Cine


                                        

Raiva es la adaptación de la obra de Manuel da Fonseca, una de las principales figuras del neorrealismo portugués, fallecido en 1993. Su vida transcurrió en el Alentejo, viviendo de cerca las inquietudes del campesinado, siempre presente en su obra (todo un himno al Alentejo) desde su perspectiva de militante político. Algunas de sus obras han sido llevadas al cine. Creador de frescos ásperos, áridos como la tierra del Baixo Alentejo donde se desarrolla su obra “Seara do Vento” (1958), no se doblega ante el folclorismo, ni ante lo social, predominando la psicología de los personajes, despojados de cualquier rasgo de civilización, para mostrarlos en su estado natural. La pluma de Fonseca supera en esta novela el naturalismo fotográfico que caracterizó al movimiento en sus inicios. 
Raiva ha sabido destilar la esencia de la novela de esa tierra “sembrada de viento”, desde esa secuencia de una mujer enlutada que entra en la misérrima casa quejándose de “Este maldito viento”.  La película dibuja el final de los años cincuenta del salazarismo, el enfrentamiento con los grandes latifundistas, la inmensa pobreza de quienes tienen que disputarle una presa a un águila y mendigar pan en la población. El film de Sérgio Tréfaut bebe de diversas fuentes estilísticas. Algunas de las secuencias son verdaderos tableaux vivants. La excelente fotografía (Acácio de Almeida), remite a los cielos zuloagianos, con horizontes estilizados que semejan pinturas y referencias a las nubes bergmanianas de El Séptimo sello. La composición esta cuidada detalladamente. Desde esa escena de la muerte de los Sobral, donde las escaleras cumplen la función de líneas de fuga que dirigen hacia el cadáver, con el cuerpo de la hija rompiendo la estructura como elemento extraño, hasta el modo de agrupar a las mujeres junto a la puerta o la chimenea.



 La España negra está presente, teniendo en cuenta la cercanía física y social de la época. Cualquier escena posee una estudiada estética: la esposa asomando tras una ventana, el recorrido en los rostros desolados de los vecinos que buscan refugio en la religión durante la misa, el contraluz de los contrabandistas a la orilla del río, los contrapicados del protagonista. 

La acertada elección de un blanco y negro, con ligeros matices de virado a sepia, los bultos oscuros de las mujeres enlutadas, la escasez de diálogos (propia de un Graciliano Ramos en “Vidas Secas”), los instantes habitados de silencios, contribuyen a crear malestar e incomodidad. Ayudan a sentir de cerca el sufrimiento de quienes nada tienen, la ausencia del niño discapacitado, el fatum contra el que nada podrá hacerse, salvo seguir sus pasos. La banda sonora consta de escasos instantes con canciones alentejanas e himnos anacrónicos (Santa Bárbara) o el Ave María, que crean una sensación de atemporalidad y malestar. Hugo Bentes (Palma) ha desarrollado su vida profesional en la música alentejana como cantante y técnico de sonido y es la revelación de este film con su interpretación lacónica, serena, que se apoya en un físico peculiar. Un papel para el que se preparó, incluso físicamente, acudiendo al gimnasio.  El director le ofreció el papel, tras haber sido el rostro del cartel de “Alentejo, Alentejo”, documental que fue el origen de esta película. La estética y el espíritu del western, en su vertiente más oscura, se encuentran en la narrativa. El enfrentamiento de Palma con las autoridades, la ejecución del latifundista, el protagonismo del paisaje, los poderes fácticos frente a la libertad. 

Los poderosos paisajes de Monument Valley son transmutados en las áridas llanuras alentejanas, en ríos amenazantes. En soberbios contraluces. Una estética que recuerda las técnicas de Welles en sus películas de bajo presupuesto. Todo ello teñido de una fotografía irreal, que se convierte en un personaje más de la tragedia. Isabel Ruth es una de las más grandes actrices del cine luso (Vale Abraâo, A Caixa). Su interpretación es serena, sobreponiéndose a esa fatalidad que sobrevuela la planicie estéril, destilando silencios y miradas cargadas de intensidad. Juega Raiva con el retroceso en el tiempo, narrando à rebours, mostrando las cartas desde el principio para destacar la irreversibilidad del destino. Este íncipit no es más que un atípico Macguffin, con el objeto de dirigir al espectador hacia los motivos y orígenes de los asesinatos. 


Los personajes se mueven asfixiados, conducidos por un destino de tragedia helénica. Un fatum imposible de evitar, que transcurre en un paisaje deudor de la fotografía antropológica de Rafael Sanz Lobato. Un paisaje que destila poesía insana, envuelta en magistrales claroscuros. Aunque es mayor la aridez del paisaje humano. El arcaico cinismo vital de Amanda (Isabel Ruth), la aceptación dolorosa de Julia (Leonor Silveira), el individualismo suicida de Palma (Hugo Bentes), que lo lleva a la incomprensión de las soluciones sociales que propone Mariana (excelente Rita Cabaço), la sinuosa personalidad del sargento (José Pinto) o la pretendida superioridad social de Elías Sobral (Diogo Dória). La cultura matriarcal está presente en el rol de las mujeres. Hembras poderosas, sólidas, curtidas en la dureza de los días. Raiva es un sólido recital de interpretaciones, honesto, envuelto en la rigidez de la composición simétrica de los planos. Con indudables evocaciones de Béla Tarr (El Caballo de Turín). El tempo, en apariencia lento, posee un ritmo narrativo interno potente y sin altibajos. La evocación visual destila un potencial lírico subyugante, no exento de metáforas. Como la escena del halcón al que disputan la presa o esa tela de araña, inmediatamente posterior a la detención, simbólica analogía del poder de la clase dominante. Los ecos remiten al western fordiano de espíritu indomable, pasando por la viscontiana “La Terra Trema” o pinceladas del Salvatore Giuliano de Francesco Roci. A pesar de su génesis neorrealista, el director luso se aleja de los postulados italianos con su puesta en escena con cierta teatralidad y el sesgo de las interpretaciones (el talento del director para la construcción de personajes es notable). También se aleja del neorrealismo clásico debido a la atemporalidad de la película que, aunque ambientada en el desgarrado Alentejo, posee un carácter de mitología universal, de discurso ecuménico y sublimado por esa textura de realismo mágico que le otorga el juego de la paleta bicromática. Frente a la tridimensionalidad de los elementos del escenario, la fisura de Raiva se encuentra en el monocromatismo de los personajes. En la tesis antropológica consigue detalles de un amplio calado humano y social (casi documentalista), pero la elección de un mundo arquetípico donde campa el maniqueísmo, perjudica la épica del pathos. 
Los personajes solicitan más aristas para no convertirse en unidimensionales. Los mejores pespuntes en esta metáfora, son para los personajes de Mariana y Clara Sobral (María Villaverde Cabral) que se mueven entre dos mundos con matices y devienen más poliédricas que los caracteres; algo acartonados; de otros personajes. La pérdida de humanidad conduce a un distanciamiento emocional y se pierde empatía por el camino.  Raiva es una obra hipnótica, de notable plástica, que narra; con economía de medios; sentimientos universales. Una poética sinfonía de gradaciones en grises, blancos y negros. Una soberbia, seca y precisa narrativa, con la severidad prototeatral del cineasta luso y con articulaciones bressonianas en el lenguaje. Los “cuadros”, artificiosos en la forma, y la búsqueda del verismo crudo, consiguen destilar desde el artificio del realismo una tragedia primordial y ancestral. Algo más cercano a la leyenda. Algo que surge de la tierra, de la sangre derramada, del sudor de generaciones.  Raiva, narra el problema universal del status quo, de los poderes fácticos que quieren seguir siéndolo, de los menesterosos azotados por el viento y el hambre. Una historia que, hoy en día, sigue estando tristemente vigente. Un ciclo de revuelta social que se repite como el mito de Sísifo. Una y otra vez.

‘Raiva’ fue la gran triunfadora de los Premios Sophia 2019, que concede la Academia de Cine Portuguesa. La película se llevó seis Premios Sophia: Mejor Película; Mejor Actriz (Isabel Ruth); Mejor Actor (Hugo Bentes); Mejor Actor Secundario (Adriano Luz); Mejor Guion Adaptado (Sergio Tréfaut y Fátima Ribeiro); y Mejor Fotografía (Acacio de Almeida). A estos se suman otros premios conseguidos en festivales y certámenes de cine internacionales. La película cuenta con la colaboración especial del actor español Sergi López.