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viernes, 11 de mayo de 2018

El Laberinto de los Espíritus. Carlos Ruiz Zafón


             

El “Laberinto de los Espíritus” se presenta como la coda que precisaba una saga del elevado  nivel literario de esta tetralogía. Una odisea que gira alrededor del misterioso cementerio de libros olvidados, pieza clave y macguffin argumental, que sirve como nexo de unión de las cuatro obras. Carlos Ruiz Zafón ha creado un hermoso epílogo para su cosmogonía, donde los personajes van y vienen, se entremezclan, retornan, viven y mueren. Es difícil zafarse de estos protagonistas tan bien construidos. Mucho después de cerrar el libro aún siguen revoloteando por nuestro espíritu seres tan reales como Alicia Gris, el afectado Fermín Romero de Torres, el pérfido Mauricio Valls, la desdichada Isabella. Este laberinto se ofrece denso y reposado, con descripciones demasiado rebuscadas en algún momento. Pero es en el terreno de los diálogos y la creación de personajes, donde Zafón es un verdadero maestro, consiguiendo modos característicos de expresión que los identifican y los convierte en  palpitantes. El dominio de giros verbales, retruécanos, y juegos de palabras es excelente. Si además, va aderezado de ese cinismo vital que viene siendo la marca de la casa desde “La Sombra del Viento”, el resultado es un ejercicio de literatura de los que no se encuentran todos los días. Un trabajo calculado este “Cuarteto para pluma en Do Mayor”, que muestra una Barcelona gótica y oscura, personajes profundamente heridos que buscan redención, tan grises como el apellido de la protagonista, salvo alguna excepción. Zafón juega con su propio intramundo dejando piezas del rompecabezas aquí y allá, depositando posibilidades encima de alguna mesa, para que el lector las recoja en un juego de espejos y de senderos que se bifurcan. A destacar esas posibilidad de que todo lo sucedido en la fascinante “El Juego del Ángel” tan sólo habitara en la mente de su protagonista y que el “patrón” (Andreas Corelli), uno de los personajes más formidables de la saga, tan sólo fuera una entelequia en lugar de aquel que todos los lectores imaginaban. 

Por las páginas desfilan las cloacas del régimen franquista y las cloacas del ser humano, frente a personajes luminosos, junto a ese amor por los libros, siempre presentes como salvaguarda de la ilusión y la esperanza. Los libros representados como un lugar de encuentro de los hombres. Como una isla a la podemos arribar en medio de la tempestad y la grisura de la vida. Las páginas destilan olor a taberna de puerto, a motel infame, al otoño de una época. Todo ello trabajado con unos diálogos de los que ya no se hacen, un desarrollo argumental pleno de referencias y gran riqueza léxica. Carlos Ruiz Zafón ha convertido su saga en un juego de muñecas rusas. Cada obra puede leerse con independencia de las otras y el orden que se desee. Pero las piezas del puzzle terminan encajando con precisión germánica. El imaginario y las obsesiones, que todo buen autor debe tener, están sin duda latentes en este volumen de 928 páginas, de literatura (aparentemente) alambicada, pero que casa a la perfección con el mundo que describe y los personajes. De hecho a muchos autores de los que pululan por las estanterías, no les vendría mal echar un vistazo a esta forma magistral de hacer literatura. Las manieristas descripciones contribuyen a estructurar ese microcosmos lúcido y lógico que requiere toda creación literaria medianamente creíble. Otro de los aciertos es la incorporación a la narración de personajes reales como el fotógrafo Francesc Catalá-Roca (autor de las portadas de sus libros) o el escritor Sergio Vila-Sanjuán (transmutado en Vilajuana), incluso (en un ejercicio de metaliteratura), Alicia le ofrece un título para su libro: “Estaba en el Aire”. Quienes hayan seguido los premios Nadal, no necesitan de más explicaciones. 

Estos guiños, en los cuales Zafón incluye sosias de algunos de sus traductores; aligeran el corpus narrativo y las diferentes subtramas; donde el autor es un verdadero orfebre. El escritor juega con ventaja; es cierto; al desarrollar su argumento en una ciudad que, como expresa Fermín Romero de Torres: "Esta ciudad es bruja ¿sabe usted, Daniel? Se le mete a uno en la piel y le roba a uno el alma sin que uno se dé ni cuenta". Barcelona gótica, de un expresionismo rabioso, siniestra y folletinesca. Páginas llenas de referencias literarias o fílmicas, habitadas de una prosa soberbia, donde la alquimia del lenguaje no ralentiza algunas acciones. Ritmo casi de guión cinematográfico. Estas son algunas de las claves para que Zafón ocupe hoy este lugar en el Olimpo literario. Su aparente prosa decimonónica es un ejercicio de estilo magistral. La modernidad de los conceptos, la ironía subyacente en cada frase y los juegos de palabras y referencias, son un profundo homenaje a la novela del XIX, pero tamizados por su filtro personal y moderno. El resultado es un “aggiornamento” de lo folletinesco, con aderezos de humor, toques de picaresca y parodia, personajes episódicos de lo más enriquecedor, que bebe de la novela negra y la tragedia clásica, sin tapujos. Una obra llena de guiños, homenajes y amor a la literatura, que a cualquier amante de rellenar cuartillas le gustaría firmar. Todo lo demás no es otra cosa que la celtibérica envidia que forma parte de nuestros genes desde los tiempos de Viriato.

En la reseña sobre "La Sombra del Viento" detallé el anacronismo de consumir caramelos Sugus en aquellos años. Carlos Ruiz Zafón justifica este particular en la introducción de "El Laberinto de los Espíritus"



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