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miércoles, 8 de octubre de 2014

Ong-Bak. El Guerrero Muay Thay

 
Lo confieso. Me gusta el cine de mamporros. Mea culpa. Convicto y confeso. Profesar como dillettante de un subgénero como el que traigo a colación, me asegurará anatemas y rasgado de vestiduras de la cofradía  Kultureras y Ratas de Cineclub. S.A. Quizás sean los miles de horas visionando todo tipo de celuloide (en V.O. y del otro), las montañas de libros y revistas devorados, las enciclopedias desgastadas, lo que te inmuniza frente a opiniones que en algún caso parten; con certeza; del desconocimiento. Lo mismo sucede en la esfera del cine denominado infantil/juvenil, dónde con frecuencia escuchamos opiniones; incluso en medios de comunicación; con un incompetencia total, o convictas de flagrante ignorancia (ni siquiera han visionado la película). Me reconozco culpable de catar y digerir estos productos taquilleros y palomiteros. Vaya este particular por delante. Siempre he defendido la idiosincrasia de los subgéneros. No es posible juzgar con los mismos parámetros la aventura sociológica y humana del último estreno iraní o armenio, o algún soporífero pestiño francés que nos han vendido con aura de qualité. Tampoco debemos creer que todo el cine que procede de lugares exóticos (Pakistán, Corea, Brasil), vaya a proporcionarnos un hálito de connaisseurs en las tertulias de la cafetería. Algunas de estas propuestas son directamente olvidables. Ralentizar las neuronas de vez en cuando, de tanta promesa con ínfulas, resulta reconfortante y catárquico. El amplio abanico que abarca el subgénero de tiritas y vendas, puede llevarnos desde la contundencia y técnica de un inexpresivo Van Damme, en su primera época, dónde un film como Kick Boxer, muestra una elasticidad y técnica más allá de toda duda, al elegante (y extravagante) concepto visual del Wuxia. Este género oriental de espadachines, teñido de un ligero velo fantástico, ha dado apreciables resultados en La Casa de las Dagas Voladoras, iniciadora junto a Tigre y Dragón de una estética preciosista, dónde se confunden la danza y la lucha, el cromatismo espectacular y las composiciones plásticas. Nada que ver con aquellas casposas producciones orientales que nos acercaban al cine a ver “una de chinos”. Fueron estas menesterosas producciones setenteras, donde unos tipos con pantalones patadeelefante y camisas picudas, se liaban a mamporros emitiendo unos extraños sonidos guturales; a caballo entre el estreñimiento y el óbito; las que abanderaron la invasión. A pesar de sí mismo, el cine cutresalchichero que nos invadió esa década, se halla en la base de todo el cine de artes marciales que vendría después, redimido por las inverosímiles performances del artista marcial llamado Bruce Lee. En aquellos días, un sinnúmero de películas vergonzantes se colaron en las pantallas. Los ¿interpretes? Tan sólo necesitaban esgrimir una gesticulación epiléptica que incluía señalar constantemente con el dedo de forma amenazante, o pasear con indumentaria que invitaba a entregarles una limosna. Por no hablar de las barbas y cejas artificiales de color blanco que gastaban unos maestros ancianos, con la piel sospechosamente tersa. Por entonces ya existían cinéfilos que tenían acceso al cine de Kurosawa o de Ozu, pero en las pantallas se proyectaban engendros como Los cinco dedos de la furia o la ortopédica El luchador manco (iconos de la caspa marcial) que abrieron paso al paladín de esta modalidad cinematográfica: Bruce Lee. Emigrante afincado en EEUU, se convirtió en mentor de actores, con el arte marcial creado por él: el Jet-kune-do. Sus películas son objeto de culto para los seguidores, aunque con las perspectiva de hoy en día, tan sólo contienen técnicas repetitivas y grititos animalescos, no hay duda de que exportó todos los tópicos que ha mantenido después en el cine de apósitos. Por aquí ya desfilaban  los estilemas que proporcionarían una cohesión interna: La lucha entre escuelas rivales, la muerte del maestro, el combate ritual y progresivo hasta completar la venganza, el proceso iniciático, etc. Los seguidores del subgénero no exigían demasiada neurona implicada en el guión. También Bruce aportó ciertas dosis imaginativas y de desmesura creativa. Véase su mítico combate contra un Chuck Norris, que le superaba en treinta kilos en el Coliseo de Roma, o como se tapiña a todos los alumnos de un Dojo sin despeinarse. Durante los años ochenta la querencia se acerca hacia argumentos mixturados con lo policíaco o el fantástico. En sus primeros filmes el belga Van Damme mostraba exhibición de cualidades físicas, prometiendo a los aficionados algo que no cumpliría, al diluirse en productos nada afortunados que le relegaron a un segundo plano. El impasible (e indigerible) Steven Seagal, nunca ha logrado despegar de argumentos con justicieros desahuciados y previsibles, con filosofía de mesa-camilla. Tan sólo el inefable Jackie Chan ha conseguido mantenerse a flote adaptándose a los tiempos. La clave de su mayor longevidad en pantalla, es el tratamiento humorístico (humor incomprensible en occidente) que imprime a sus coreografías, verdadero ballet del arte del kung-fú, y su adaptación a otras latitudes (La Vuelta al Mundo en Ochenta Días) dónde continúa con más de lo mismo, con distinto plumaje. Atrás quedaron sus inicios con  La Serpiente a la Sombra del Águila (poético) o El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, dónde lo mejor del conjunto eran los títulos. Manufacturas de humor cantonés, que; a pesar de su factura foránea y exótica; se introdujeron en las pantallas de medio mundo. Lo que diferencia a El Guerrero Muay Thay de las tendencias actuales en el mundillo, es su vocación de cinema verité, y saber presentar su propia carestía de medios materiales como sello. Los intérpretes son menesterosos, acartonados, paupérrimos en lo gestual y lo conceptual. El cine tailandés no anda sobrado de medios para utilizar vestuarios y decorados como los de Hero o Acantilado Rojo. Esto lo compensa decantándose por la acción sin paliativos. El mamporro como estética y regalando alguna de las mejores coreografías de los últimos años se ha convertido en su sello. En Ong-Bak, no hay trampa ni cartón. Tony Jaa, el protagonista, de nombre imposible, se ha introducido por derecho propio entre los iconos del cine de patadón y tententieso. Una preparación física excepcional, sumada a un dominio sin par del milenario arte letal del Muay Thay, se enfrenta a la apabullante desmesura del Wuxia, de indudable aliento poético. La efectividad del arte tailandés frente al lirismo preciosista y la nostalgia zen; poblada de guerreros solitarios; verdaderos quijotes de ojos rasgados. La propuesta tailandesa, la técnica rápida y efectiva, midiéndose con las circunvoluciones estéticas, guerreros voladores envueltos en gasas multicolores. Tony Jaa se enfrenta a la melancolía de Tigre y Dragón, al hipnótico cromatismo de HERO, al quijotesco sentido del honor de Guerreros del Cielo y la Tierra o la legendaria epopeya, de esplendida fotografía de Siete Espadas. Desde la cutredad de sus propuestas estéticas, el tailandés, ofrece un abanico de técnicas eficientes y certeras en el subgénero para que han sido creadas. Es por tanto apreciable su contundencia sin florituras, y su savoir faire en las escenas de acción, que le redimen de lo penoso de argumentación o la caligrafía fílmica rupestre. Sin coartadas estéticas se ofrece este nuevo cine marcial, aunque tomando nota. Ya en la segunda parte, titulada en un culmen de originalidad: Ong.Bak 2, la propuesta estética bebe de fuentes externas, claramente influenciada por las otras cinematografías. Queda patente en el enfrentamiento de Tony Jaa con el guerrero de color, practicante de Capoeira, realizado en el interior del templo con el suelo mojado, iluminado por la luz de las velas. También toma nota el cine coreano; que tras aquella bienintencionada Figuras en el Viento; (poético título) de pobreza visual y gestual, aunque con técnica marcial depurada, produjo esa epopeya histórica, notable y de cuidada realización que es Guerra de Flechas. Los seguidores de este subgénero no echan de menos un diálogo introspectivo a lo Bergman, antes de los combates, ni tampoco añoran  un travelling de quince minutos siguiendo al prota a lo largo de una ribera, al estilo Solaris. Aunque servidor sigue prefiriendo por encima de todas, la biografía del artista marcial chino Huo Yuanjia, interpretada por Jet Li en Fearless (Sin Miedo) Tampoco debemos de tener miedo de reconocer que nos gusta este tipo de cine. Si el kultureta quiere dialogar sobre otros estilos y géneros, también hay material en la recámara para echar unos ratitos…

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