martes, 13 de enero de 2015

El Sueño de Ellis (Cotillard. ¡Oh mi Cotillard!)


           Título originalThe Immigran
           Año 2013

Duración
117 min.
País
 Estados Unidos
Director
James Gray
Guión
James Gray, Ric Menello
Música
Chris Spelman
Fotografía
Darius Khondji
Reparto
Marion Cotillard, Joaquin Phoenix, Jeremy Renner, Angela Sarafyan, Antoni Corone,Dylan Hartigan, Dagmara Dominczyk                          

Nos hallamos, sin dudas, ante una de las películas del año. Con la presencia de un Joaquin Phoenix en estado de gloria, y una Marion Cotillard que se sale de la pantalla. Personalísima propuesta, que bebe de fuentes iconográficas como El Padrino II, Erase una vez en América, o los claroscuros de Caravaggio (obsérvese la secuencia en los baños). Argumento que se impregna del mejor “mélo”, vía Douglas Sirk o Jonh M. Stall. Personajes torturados, condenados, con retazos de Elia Kazan o Nicholas Ray. Modificados los códigos del lenguaje clásico, el espíritu y la pasión del melodrama prevalece, o se adapta a la moderna narrativa, pero sus personajes, su sensibilidad, su fuerza primordial (Cukor, Leo McCarey) permanecen, impregnando películas como este soberbio Sueño de Ellis, donde Ewa recrea todas las heroínas que nos han hecho sufrir en la pantalla. Esta emigrante polaca que busca el American Dream, tan sólo para encontrar sus angostas cloacas, es una mujer fuerte. Como antaño lo eran Stanwick, Paulette Goddard o Louise Brook. La Ewa; recreada magistralmente por Cotillard; arriba en un portal hacia los infiernos, y queda a merced de los buitres. Porque la felicidad cuesta (y aquí es donde vais a empezar a pagar) que sentenciaría la profesora de Fama. Viviendo una encrucijada existencial, con encontronazos entre creencia, realidad y supervivencia. Ewa sacrifica su propio yo, para ayudar a su hermana enferma. Así cae en las garras del proxeneta Bruno (Phoenix); con ramalazo psicópata explosivo; que termina enamorado de ella. 

En realidad Bruno no es Mefistófeles, es un pobre diablo que sobrevive en el submundo, con un burdel camuflado de cabaret. La lucha de Ewa por mantener su integridad, mientras traiciona sus creencias en estos espacios cerrados opresivos (notable fotografía, de vocación tenebrista de Darius Khondji), la introducen en una pesadilla de claroscuros y opresión, casi tan limitados como la propia isla de Ellis. El celuloide navega en un microcosmos alejado de esa Estatua de la Libertad con que se abre el film. Pasillos casi expresionistas. Un mundo paralelo, donde Dickens y Dostoievski son los amos. Candiles y niebla será todo el sueño espectral, al que tendrá acceso esta Ewa, que buscaba su jardín del Edén. No desea James Gray una grandilocuencia escénica para este su primer personaje femenino. Una set piece al estilo de Coppola o Cimino, el objetivo del director encuentra su esplendor en el interior de los personajes, en la angustiosa cotidianeidad, en los naufragios que amenazan el devenir de los personajes, que a la larga son marionetas que tratan de levantarse por si mismas. No es nuevo en este director el entorno opresivo (La otra cara del Crimen, Two Lovers) o las madrigueras delincuenciales (La Noche es Nuestra). El director aprisiona los personajes en entornos vacíos, sórdidos, espacios decadentes donde lo principal es la vivencia del personaje. Las habitaciones y escenarios semejan cárceles emocionales y vacías, paisajes mentales donde ubicar la desesperación. Los personajes son ambiguos, mutantes, espectrales. La tragedia planea sobre un final que adivinamos no va a ser complaciente. La consumación de este ritual de pasiones, nos deja con un muerto, una condena por asesinato y un imprevisible futuro cuidando una hermana enferma, Nada de happy end. El lado oscuro del sueño. El peso del film se sostiene sobre la arquitectura interpretativa de tres grandes interpretes. Cotillard, una actriz todoterreno, que compone infinidad de matices para esta Ewa de aparente languidez, siempre creciente (Big Fish, La Víe en Rose). 


Muchas especulaciones se han hecho sobre quien habría sido mejor actor, Joaquin o el malogrado River. El primogénito de los Phoenix era un actorazo (Mi Idaho Privado) y Joaquin (The Master, Her), es capaz de atreverse con desafios como I ´m Still Here, el falso documental de Casey Affleck, o regalarnos un megalómano y complejo emperador Cómodo en Gladiator. En cuanto a Jeremy Renner, rescatado de sus héroes de acción (Bourne, Ojo de Halcón), desarrolla un personaje rico en matices, sobrio, contenido, cuyo enfrentamiento con Bruno da lugar a escenas memorables. La historia adolece ¿o tiene la virtud? de un tempo lento, pausado, recreándose en los planos de Cotillard o Phoenix para transmitir su evolución interior, y un diseño espléndido de los paisajes parduzcos del Lower East Side. También se agradece la contención, casi irritante para algunos espectadores, y la sobriedad al adentrarse en terrenos escabrosos, favoreciendo el factor humano sobre el efectismo. Arriesgada y valiente elección: Centrarse sobre la tragedia humana. El Sueño de Ellis (adulterado título para The Immigrant) es la historia de una heroína wagneriana, con referencias a todos los iconos del cine mudo. Una Lilliam Ghish con reminiscencias de Las Dos Huerfanitas. Oscura, excesiva y deudora del cine de antaño, del que toma modos y maneras, consciente y voluntariamente. 


Nacida de la petición que su esposa hizo al director, durante la contemplación de una ópera, para escribir un guión con personajes femeninos como los que protagonizaban Greer Garson (La Señora Miniver), Barbara Stanwyck (Bola de Fuego, Amarga Victoria) o la inmensa Bette Davis (Eva al Desnudo) y escrita directamente para Phoenix (actor fetiche); aficionado a personajes excesivos; y para la oscarizada Cotillard (Edith Piat). El diseño de producción de Happy Massee, es una lograda ambientación que palpita como un personaje más en este melodrama de corte clásico y vocación universal. La cámara mima el rostro de una actriz, (casi virado en sepia) que consigue aparecer hermosa, incluso cuando intenta estar desaliñada, y recuerda a los primeros planos de la Falconetti, en La Pasión de Juana de Arco (Dreyer. 1928). Destacar la presencia impactante de Dagmara Dominczyk (La venganza del conde de Montecristo). La banda sonora, esplendida de Chris Spelman, impregna la narración de dramatismo.

Otro de los aciertos es la huida del maniqueísmo, la evitación de militancia en una manida reivindicación social o política, y concentrarse en la odisea y el paisaje humano, siempre zozobrando, siempre saliendo a flote. Aunque; no nos engañemos; esta es otra de las bombas sin espoleta del director de Two Lovers, aunque en su epílogo chaplinesco, nos introduzca en el sendero de la redención. No hay autocomplacencia en esta obra, ponzoñosa como un Dickens pervertido, deambulando sin rumbo por ese Nueva York dantesco, opresivo, tan diametralmente alejado del pretendido “sueño”. Voluntariamente morosa. Exquisito manjar, destinado a gourmets cinéfilos, horneado para degustar sin prisas, hasta su operístico final. Armado de la perfección icónica, de diva del cine silente, que destila Cotillard. El Sueño de Ellis es un ensayo sobre el melodrama; un cuento de hadas enfermizo, ardiente y apasionado; con una interprete capaz de expresar todas las mañanas del mundo, en una sola y apasionada lágrima. Y demuestra que Cotillard, junto a Meryl Streep, se mueve con enorme soltura en el terreno de los acentos. Parafraseando al profesor John Keating en El Club de lo Poetas Muertos: ¡Cotillard. Oh, mi Cotillard...! 




jueves, 8 de enero de 2015

Los Chicos del Coro en el Teatro López de Ayala




Escuchar un coro de voces blancas es uno de esos placeres sensitivos que transmiten calma y equilibrio al espíritu. Es quizás su ausencia de color, la pureza primordial, junto a la carencia de vibrato y escasa extensión (una octava) en las pequeñas laringes, lo que proporciona ese sonido irrepetible, etéreo y casi irreal de los coros infantiles. Es preciso realizar una técnica foniatoria correcta para no dañar en el futuro las cuerdas vocales de los pequeños cantores. Los coros blancos basan su existencia en lo efímero. Apresar el soplo de la voz que es y después no será. 



De ahí la profunda belleza del instante habitado. Les Petites Chanteurs de Saint Marc arribaron a la fama con la película Los Chicos del Coro, una de esas joyitas del cine galo que el bocaoreja convierte en producto de masas, aunque sus premisas de producción nunca le habrían prometido un futuro tan acogedor. El film triunfó por una combinación dramática contenida y sensible (no sensiblera) y una banda sonora potente, impactante de las que se adhieren a la piel después de abandonar la sala. Obras inolvidables, como Les Avions en Papier o Vois Sur Ton  Chemin, que los integrantes de esta nueva formación regalaron al público entregado en el Lopez de Ayala. Esta última obra fue interpretada por los dos coros participantes como colofón de la actuación, dirigidos por María Rodríguez Martín, arrancando intensos aplausos del; con frecuencia cicatero en halagos; público pacense. Las sublimes voces de los pequeños cantores fueron preludiadas por este Coro Ars Iuvenis de Montijo, que ofreció dos hermosas versiones: Hallelujah del canadiense Leonard Cohen, que se ha convertido en un estándar para estas formaciones, y la clásica melodía del cuarteto de Liverpool “Cuando tenga 64 años”, aplaudidas por la calidad interpretativa del conjunto vocal. Con coros como este, la palabra telonero esta de más.




El coro francés abrió con artillería pesada, recordando la banda sonora de la referida película, para desgranar a continuación algunas obras de su última grabación que lleva por título De Cine. Una experiencia donde los galos han mixturado canciones pertenecientes a musicales de éxito o bandas sonoras, junto a música sacra. Quizás en estas religiosas composiciones, es donde destacan y se aprovechan con más intensidad las características sonoras de esta formación, como en ese prodigioso Agnus Dei, o la impactante Benedictus. Las voces de Les Petits Chanteurs, empastan con limpieza y precisión. Detrás se adivina un trabajo sereno, maduro, que permite a los integrantes atacar con precisión conjunta la nota de inicio de una obra, cuando el teclado apenas la ha insinuado. Es en las notas altas, donde la conjunción de los cantores alcanza una belleza primordial, imposible para los coros mixtos adultos, y donde la especial característica de la voz masculina infantil imprime ese halo sonoro etéreo y evanescente que caracteriza las voces blancas. Obras como I´m Dreaming Of Love de la película (formidable alegato antibelicista) Joyeux Noel, entusiasmaron al público asistente por su belleza melódica. 

Una ardua versión del Supercalifragilistico, de la película Mary Poppins, de una dificultad respiratoria notable, el Do-Re-Mi de Rodgers/Hammerstein (Sonrisas y Lágrimas) o la simpática America de West Side Story, fueron interpretadas, dejando en el tintero otras, como el When You Upon a Star de Pinocchio y la popular Moon River, que desgranaba en la ventana la angelical Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes, a pesar de que figuran en las grabadas en el disco. A cambio la formación regaló, en atención a las fechas, un ramillete de villancicos que ofreció simpáticos instantes como la gutural pronunciación (Venite Adoguemus) de un hermoso Adeste Fideles. En el disco puede observarse ésta en el “Miseguegue Nobis”,de la obra Agnus Dei. También se agradeció el esfuerzo de adaptar Cielito Lindo como detalle para el respetable. Aunque; y esto es absolutamente personal; parte del público hubiera preferido menos espíritu navideño (hay montones de formaciones en estas fechas interpretando villancicos) y más del estilo en que verdaderamente destacan estas voces: las canciones escritas para ellos. O ya puestos, si se trataba de hacer música sacra, un poco de polifonía gala se habría agradecido en la linea de Clément Janequin, Philippe de Vitry, Guillaume de Machaut. o Pierre Certon. Es en este género donde las voces blancas adquieren matices grandiosos y coloristas. Pero es tan sólo la opinión de este cronista, que disfrutó de una tarde inolvidable con estos pequeños cantores, que a la hora de las firmas sufrieron la inclemencia del invierno pacense, vestidos con uniformes diseñados para zonas más cálidas.





miércoles, 7 de enero de 2015

HEDWIG AND THE ANGRY INCH. John Cameron Mitchell. 2001




¿Que se podría decir de una opera rock travestida, indie, plena de provocación drag, cuya canción principal está basada en un mito Platónico, con protagonista transexual; que no es tal voluntariamente; cuyo marido es interpretado por una mujer barbuda que desea ser reinona, lider de una banda travesti/glam/punk, que escapó del muro de Berlín tras una operación chapuzas que le dejó ese “angry inch”. La pulgada irritada, que da título a esta transgresora y potente cinta, basada en la obra del mismo título triunfadora en Broadway. Musical atípico, carne de friki en potencia, donde la contravención y el incumplimiento de lo políticamente correcto campan a sus anchas. Pero Hedwig and the Angry Inch, es mucho más de lo que la superficie parece mostrar. En primer lugar, es una recolección de temazos potentes, contundentes, nacidos de la pluma y la partitura de Stephen Trask, quien conoció casualmente a Cameron en un avión. Esta coincidencia fue la génesis de uno de los musicales más atípicos y sensibles, joyita contracultural, que llegó afortunadamente hasta las manos de la productora Killers Films (Happiness, Boys Don´t Cry, Safe, Velvet Goldtime, Yo disparé a Andy Warhol) que bajo su áspera presentación esconde un grito de rebeldia y la busqueda de identidad del protagonista. Plena de reminiscencias y homenajes a David Bowie, New York Dolls o Iggy Pop. 

El film nos va presentando diversos flashbacks donde mediante las canciones conocemos la historia de Hedwig. Nacido en la parte oriental del muro de Berlín, Hedwig busca su identidad sexual, cuando conoce a un oficial del ejército norteamericano que lo conquista amorosamente; en una clara referencia al cuento de los hermanos Grimm; sembrando literalmente el camino de ositos de goma (el protagonista se llamaba Hansel, antes del cambio). Para poder salir del Berlín Oriental, Hansel acepta un cambio de sexo, y se somete a una operación remendona, que le deja con su “pulgada irritada” y que no consigue mantener a su lado al enamorado militar. Decidido a dedicarse a la música adopta el nombre de Hedwig de su madre. Sus actuaciones en antros de la América Profunda, frente a paletos y asombrados clientes, siguen las huellas de Tommy Gnosis (excelente Michael Pitt), antiguo enamorado que traicionó a Hedwig, y se apropió de sus canciones para triunfar. Una historia de amor que crece a caballo entre el dramón desatado y el esperpento. El viaje iniciático de Hansel/Hedwig persiguiendo a su antiguo amante para tratar de encontrarse a sí mismo, culmina en la catarsis final donde Tommy le canta, desgranando todo lo que Hedwing significó para él. El protagonista regala su peluca fetiche a su marido (interpretado por Miriam Sor) y se marcha, no importa adonde, para habitarse definitivamente. 

 
La diseñadora de producción Théresè DePrez (Yo disparé a Andy Warhol), plantea una estética retrogay Juegos de luces, purpurina y pelucones para componer el mundo interior de los personajes. Sin resultar tan esperpéntico como The Rocky Horror Picture Show, el film se adscribe a esos musicales alejados de un público que prefiere ver Sonrisas y Lágrimas (enorme músical por otra parte), pero se mantiene también distante de las propuestas de obras como Caníbal, el musical, El Fantasma del Paraiso, Forbiden Zone.  Se diferencia de aquellos en la intensidad humana del personaje. La canción Tear Me Down es la que introduce al espectador en el mundo de Hedwig, un tema dónde se compara como una alma partida en dos como su Berlín natal. Testamento vital de un personaje que nos muestra su coraje, ya que se levanta como Lázaro, y se ríe de los adversarios que tratan de derribarle. Una canción contundente dónde se presenta un personaje luchador, que no termina de hallarse después de que “se levantó de la losa del médico”. En Sugar Daddy, nos habla de la brecha cultural entre la zona de Berlín, donde habita (dictadura, represión, violencia) y las promesas vacuas del American Dream (alimentación, moda, tecnología), que llegan de la mano del artificioso sargento de raza negra: Luther Robinson. En The Angry Inch, hermosa canción procedente del musical de Broadway adaptada al cine, se habla de la operación fallida, con ese sentido corrosivo del humor con que Hansel/Hedwig se enfrenta al mundo; y de su relación errónea con el militar hasta llegar a Estados Unidos. Peluca en una caja es un tema que el protagonista recrea, mientras nos narra como cambiándose de pelucas, se permite ser quien quiera y el efecto de la música, que lo transforma. La canción-fetiche de este soundtrack es El Origen del Amor. Basada en el Simposio de Platón. 


Es una leyenda acerca de cómo el ser humano en el origen estaba unido (vía Aristófanes) por la espalda. Llenos de celos, los dioses deciden separarlos, creando dos seres distintos que andan siempre tratando de encontrar su otra mitad, para ponerlas de nuevo juntas. Convirtiéndose en metáfora de la tragedia del protagonista, deviene una de las mejores escenas, donde la banda interpreta esta compleja mitología en un antro, al tiempo que los rednecks devoran alitas de pollos asombrados ante el bizarro espectáculo, pero sin dejar de masticar. Algunos temas están contrapunteados por dibujos animados elementales, básicos, pero de una efectividad fuera de toda duda, que ayudan a avanzar a la trama y le añaden una atmósfera sicodélica, en una unión inevitable, esencial entre imagen y palabra, realizados por Emily Hubley.

En Radio de Medianoche, surgen referencias a artistas como Yoko Ono, Tina Turner, Nico, Patti Smith y otras musas inspiradoras del rock.

Esta fábula musical obtuvo el premio en Sundance 2001 (Mejor Director y Premio del Público), o los Globos de Oro 2001 (Nominada Mejor Actor de Comedia o Musical) entre otros galardones. No podía esperarse otro reconocimiento a un bautizo cinematográfico tan sorprendente. Una historia corrosiva (y muy irritada), doliente, donde Cameron, pasea su falta de glamour cotidiana y su obsesión por el amante que la despechó, por grasientos tugurios, siguiendo la gira de Tommy Gnosis. Con la absurda y petarda intención de boicotear sus actuaciones en estadios, desde la cutredad de los locales donde agoniza. El viaje iniciático, realizado por esta heroína inolvidable, que se autodefine como “cantante de rock mundialmente desconocida”, que detrás de su estética kitch, y su no aceptación, oculta un corazón inmenso, le lleva hasta su catarsis final. El desafío que tenían entre manos John Cameron Mitchell y Stephen Trask, después de que la obra hubiese triunfado en Broadway (crítico y público) es resuelto en la pantalla destilando una obra inteligente, humana, rocambolesca, divertida, corrosiva, desgarradora y militante. Este “angry inch” es un musical de calidad, con interpretaciones notables. Cameron borda el papel que ya representó en el teatro y se atreve con la dirección, acompañada de un enigmático Michael Pitt, o la cómica Andrea Martin en el papel de la representante, para encarar la odisea de este personaje en un film inclasificable (e inolvidable) que levantará ampollas o pasiones frikis, pero que en absoluto deja indiferente. Le acompañan en este viaje Miriam Sor, el marido-mujer que termina abandonándolo. El elenco que arropa musicalmente la peripecia vital de Hedwing es variopinto y abarca multiples tendencias: El rockero alternativo Bob Mould, Stephen Trask es Goth, el personaje de Rob Campbell, semeja una especie de Gary Newman (Tecno British), Theodore Liscinski en el bajo (Punk). En la batería maneja las baquetas Perry James (con aspecto de fan de Poison), el personaje de Mirian Sor, calcado de Guns´N´Roses. 



 
Completan la banda sonora algunos temas míticos de Lou Reed y Dolly Parton. Una de las diseñadoras más solicitadas; Arianne Phillis, realizó los 41 vestidos que luce Hedwig, ayudando a crear la atmósfera del personaje. Ropa que resultara creíble, y pelucones de todos los estilos nacidos de la creatividad de Mike Potter. El aparente minimalismo de este film y su humildad latente no pretenden destronar del trono de musical glam de culto a The Rocky Horror Picture Show. Esta pulgada es mucho menos bizarra, porque es más humana, posee más carácter y menos rimmel. Quizás es menos cool, pero destila más ternura. 


Tampoco muestra pretensiones de convertirse en el Juego de Lágrimas del género musical. Aunque parezca salido de un mundo underground, el mensaje de Hedwig and the Angry Inch, trasciende fronteras y va derecho al corazón. Un lugar donde la irritación se detiene para siempre.









viernes, 12 de diciembre de 2014

TOCANDO FONDO (SMASHED)


                                           


Año: 2012
Duración: 78 min.
País: Estados Unidos Estados Unidos
Director: James Ponsoldt
Guión: Susan Burke, James Ponsoldt
Música: Andy Cabic, Eric Schuman
Fotografía: Tobias Datum
Reparto: Mary Elizabeth Winstead, Aaron Paul, Octavia Spencer, Mary Kay Place, Nick Offerman, Megan Mullally
Género: Drama | Cine independiente USA.

Cuando se enfrenta a una película como Tocando Fondo, el primer temor del espectador es encontrarse frente a lugares comunes, o rancios discursos sobre temas una y mil veces vistos en pantalla. El alcoholismo ha sido visitado por el cine en obras notables como Días de Vino y Rosas de Blake Edwards o Días sin huella (1945) de Billy Wilder. Leaving las Vegas mostró la vertiente más cruda de la mano de Mike Figgis y su descenso a los infiernos, sin concesiones comerciales, que sí estaban presentes en 28 días, con la Bullock intentando desencasillarse de su imagen de comedia banal. Cuando un hombre ama a una mujer (1994) de Luis Mandoki,  mostró a una Meg Ryan con aspiraciones a Oscar. Nada de esto es Tocando Fondo. Las intenciones del director de desmarcarse del drama desgarrado, o de la comercialidad de productos como los referidos, quedan patentes en el fondo (y en la forma). Sus vestiduras claramente Indies, su premio en el Festival de Sundance o la nominación a mejor actriz para Mary Elisabeth Winstead para el galardón Independent Spirit Awards, nos indican por dónde van los tiros. El guión es arriesgado.  Las posibilidades de patinazo en este espinoso foro, son saldadas por el director sin entrar a matar al toro. El matrimonio formado por Mary  Elisabeth Winstad y Aaron Paul (Breaking Bad) pasas los días envueltos en la alegría de los vapores etílicos, hasta que ella comienza el descenso y despierta en un descampado; entre vagabundos; después de haber fumado crack. El director opta por una puesta en escena que evita síndromes de abstinencia, escenas excesivamente abruptas, huyendo de lo escabroso y carga las tintas sobre las relaciones humanas y sus consecuencias. El marido de la protagonista es un inmaduro con el Síndrome de Peter Pan, que pasa sus días entre juergas, videoconsolas y alcohol, sin apoyar para nada a su esposa. 


En la visita a la madre (también alcohólica) para contarle su superación y buscar apoyo, esta les ofrece como respuesta unas copas y una falta de empatía que causa pasmo. Incluso las posibles nefastas consecuencias de conducir una bicicleta borracho, se saldan con un pequeño susto. No descendemos a los abismos de la destrucción moral y física, a la sordidez de la enfermedad, como en algunas de las referidas cintas. El peso de toda esta arquitectura descansa sobre a interpretación convincente, fresca y natural de Winstead. Los elementos dramáticos están dosificados y ese aire independiente y espontáneo, beneficia a una narración que basa la fuerza en su propia modestia. La valentía y sinceridad del director para abordar sin adornos, sin efectismos falsos de cara a la comercialidad, esgrimiendo interpretaciones histriónicas o pasadas de rosca. 
Otra obra más para añadir a esa interesante corriente del Cine Indie  que se refiere al desamor, abanderada por filmes como Blue Valentine (2010), Rabbit Hole (2010) o Like Crazy (2011). En el lado positivo la magia que destila la sensible interpretación de Mary Elizabeth Winstead, una actriz a tener en cuenta, y que ya destacó en el papel de Ramona V. Flowers en Scott Pilgrim contra el mundo (2010), o el claro progreso del director hacia ese renovador y fascinante fresco de infancia y adolescencia que resultó en Aquí y Ahora (2013). El balance menos positivo nace de esa creencia, común, de que los movimientos de cámara al hombro (steadycam) facilitan un lenguaje de aproximación cotidiana, o dan pátina de independencia, cuando en la vida real nuestro cerebro equilibra para que no se mueva todo alrededor. Los partidarios del DOGMA, que cabalguen sobre una montaña rusa, si ello les place. Para completar el aroma Indie de la cinta, el soundtrack abarca desde Andy Cabic y Eric Schuma:, autores de una composición musical con tinturas folk; junto a temas de Dark Meat o Sonny and the Sunsets. Bill Callahan firma los créditos finales con su hermosa canción: Our Anniversary




miércoles, 10 de diciembre de 2014

Homenaje a Bartolome Collado, decano de los poetas extremeños








Vaya por delante que las querencias literarias del que suscribe y sus parámetros conceptuales se encuentran en las antípodas del estilo o la visión del entorno del vate homenajeado. Dicho esto, es asunto meridiano que los lazos consanguíneos o afectivos, no trastocan mi enfoque de la realidad y no convierten esta crónica en hagiografía al uso, o elegía nublada por el apasionamiento genealógico. El homenaje realizado en la cafetería La Regenta (templo y refugio de la contracultura pacense) fue un espontaneo gesto, de amigos y allegados, de camaradas en lo literario, cofrades del verso y compinches en lo cabal, pergeñado por la batuta de Méndez del Soto. El perpetrador, era consciente (como todos) de que un homenaje a este escritor es un manifiesto latente contra la cultura oficial y el clientelismo literario, ya que Bartolomé Collado ha ejercido siempre de freelance literario, de outsider o de francotirador anti-institucional. Esta faceta de su personalidad; amén de su carácter; agreste y estepario; al que nos referiremos a continuación; le han granjeado un desierto editorial para sus creaciones, que culminó en la autopublicación de El Poeta y su Entorno. Si hay algo en lo que todos los presentes estaban de acuerdo es en la peculiaridad del carácter del homenajeado. Collado siempre ha sido un personaje inconfundible, poco afecto a los panegíricos, desconocedor del encomio o la ajena alabanza. Escaso (o nulo) practicante de la adulación y dado al exabrupto literario. Coleccionador de todas las características para no triunfar en un mundo cerrado, de autoagasajos, e intercambio de loas y jactancias varias, como es la literatura provinciana. Una broma que suele circular sobre el autor se refiere a queproporcionalmente debería tener pocos amigos en el mundo literario, e incluso más allá, que debería tener escasos simpatizantes en general. La realidad desmiente la apariencia (distante y taciturna) y su exclusión de un ambiente intelectual, pagado de sí mismo, que lo último que requiere es una mosca cojonera, que no enaltezca; y además critique; sus excelsas creaciones. Este literato es de verbo fácil (a veces demasiado) en lo cotidiano o sobre el papiro. Le tocó en suerte, convivir con una corriente poética donde los triunviratos y la poesía social estaban de moda (otro día disertaremos sobre si la poesía debe internarse en estos vericuetos) y armado de su Olivetti, se decidió por el espinoso sendero de llamar a las cosas por su nombre. Azote de paniaguados institucionales y estómagos literarios agradecidos. 



Cultivando la poesía satírica colaboró a diario en prensa, dando como resultado una ingente obra que se acumula desordenada en sus estantes y que sirve como crónica de unos años, en los que algunos no gustan de verse reflejados y otros, prefieren dejar en el tintero. Cierto es que ser objeto de un ejercicio literario punzante, no agrada a instituciones, particulares, o pesebreros en lo editorial. Pero es innegable que nadie satiriza a quien ayudó a una ancianita a cruzar la calle. Los homenajeados por la escritura irónica dan todo tipo de facilidades al cronista con su conducta y actitudes. Por muy nostálgicos de la censura que se tornen, la poesía es un arma cargada de futuro.

Aunque siempre se hace referencia a Bartolomé como poeta, lo cierto es que los reconocimientos a su literatura fuera del suelo patrio, proceden de la narrativa y la dramaturgia, campos cultivados también por el autor. Su obra merece una recopilación como testimonio de una época, de un escritor que ha sobrevivido sin formar parte de ninguna trinidad literaria, que resistió en otro período donde los poetas eran todos filósofos o filólogos, que nos sumergían en la náusea vital o la construcción críptica de la oración. Él, ofrecía un sentido del humor sarcástico frente a la adversidad, una burla del establishment y las buenas costumbres, una versificación políticamente incorrecta. Por el camino fue atesorando amistades (y perdiendo otras), compañeros de bancada en la singladura literaria como los que rindieron este hermoso homenaje. A todos ellos, que robaron parte de su tiempo para acompañar al amigo, el agradecimiento que se refleja en unas páginas que el autor no quiso leer, para no abusar de la paciencia y la vida privada de los presentes. Como colofón y para no desmentir lo de “genio y figura”, reseñar que el poeta en lugar de declamar alguna de sus estrofas intimistas, eligió para este particular una de sus obras más punzantes. Para recordar a los mortales su alejamiento de la feligresía institucional. Es lo que hay. En esta noche estuvo acompañado por algunos amigos que pudieron asistir y otros que le regalaron su obra en el fanzine de Hook Malasombra Producciones con que fue obsequiado: El cantante y poeta Nando Juglar; un clásico en nuestro terruño; Plácido Ramirez; poeta y bardo; José Mª González Campillejo, Oscar Alonso; malabarista de la vida; Juan García Sánchez, Paqui Quintana, Jose M Diez, Clara Blazquez, Antonia Cerrato, Cosme Lopez, Moises Cayetano; poeta de La Raya; Javier Feijoo; compartidor de infancias no recuperables y revitalizador del castúo; Jose M Villafaina; gurú de la crítica teatral; las actrices Meme Barrientos y Mª Luisa Borruel que dieron vida al Auto Sacramental creado por el tándem Collado/Villafaina, en un instante lleno de emoción, Pedro Montero; escritor y bloguero de pro; Jose M Sito, rapsoda y escritor; Jose M Ferrera, Fdo Garduño. José Manuel Diez, desde la distancia.


Si hay alguna ausencia, el responsable es este cronista. No por esta omisión, el agradecimiento es menor. Agradecimiento como el que Bartolomé Collado dedicó a sus amigos cómplices en lo literario y lo humano, que reproducimos a continuación.



                                     
        AGRADECIMIENTO DE UN POETA SIN FORTUNA

La literatura llama veces a nuestra puerta de forma tardía, pero no por ello su sello, su veneno son menos intensos, o se infiltran menos profundamente en  el  alma. Desde el primer día que me senté ante el hechizo de una página en blanco, este embrujo se apoderó de mi pluma,  del teclado de la máquina de escribir, que aún hoy utilizo, como reliquia y reivindicación frente a los modernos aparatos y ordenadores que no deseo  a estas alturas conocer, ni saludar. Me basta con el sonido musical y certero de las teclas. Hace uno años acompañados del humo de un cigarro, vicio que abandoné a tiempo y hoy en día políticamente incorrecto. Y que ha sido sustituido por el aroma de un buen café para mantener las neuronas en funcionamiento, lo cual a mi edad, es un  orgullo decir que funcionan a pleno rendimiento. He recorrido en estos años diversos paisajes literarios. Desde la columna diaria en prensa, un repaso satírico a la actualidad contado en verso, lo cual constituía una novedad, hasta el poema intimista, o de añoranza, algo a lo que todos los poetas se aproximan tarde o temprano, esa busca del tiempo perdido que tan solo entre versos encuentra respuesta. También el cuento llamó a mis puertas. El cuento costumbrista, la narración de lo cotidiano y el reflejo de lo aprendido que dieron como resultado algún premio, que, digan lo que digan; estimula el escasamente estimulante resultado del escritor que ejerce otras profesiones. Anduve coqueteando con el verso satírico durante algún tiempo, si conseguí o no resultados es cosa del lector y de los críticos, pero en estos  versos traté de reflejar una realidad y unas vivencias con sentido del humor que es la mejor forma de acercarse a algunas circunstancias y personajes. Me adentré en el mundo de la autopublicación, un mundo que conocen gran parte de los aficionados a la escritura, ya que no hay pastel para todos en el mundo editorial y no hay cosa más triste para un escritor que su obra ande desperdigada, como hijo pródigo, y su trabajo deshilachado. Encontré en el camino otros amantes del verbo, otros cómplices de la pluma y la ilusión frente al folio en blanco. Amigos en el tintero (o en la pantalla del ordenador) siempre dispuestos a compartir nuestras creaciones; esos hijos dolientes que nos nacen a todos; en nuestras tertulias inolvidables, donde tanto talento y amor por la literatura hemos degustado. Tardes inolvidables  regalando a oídos amigos; y conocedores; que saben apreciar el esfuerzo y el miedo a la página vacía, a la inspiración que se resiste a llegar, al producto final que no acaba de convencernos…en fin, cosas de escritores. Dicen que somos lo que dejamos escrito, qe nuestras palabras permanecen en  el  tiempo y nos identifican en el futuro. Si esto es así, muchos de los aquí presentes seremos juzgados por aquello que creamos un día y podremos transmitir nuestros pensamientos  emociones. En días como este la atmósfera se llena de buenas vibraciones. El afecto de los amigos que te acompañan y apoyan. Los amigos que encuentran un momento de sus vidas, con la que está cayendo, para dedicarlo a otros. Y de esto surge un profundo agradecimiento, Un agradecimiento de la persona y del escritor, porque todos somos luchadores y aventureros en este vasto mundo de la palabra escrita, de la palabra que permanece. Dicen que las palabras se las lleva el aire, pero lo escrito perdura, persevera en el tiempo. Y ese es el oficio (o afición) que hemos elegido y con el cual nos sentimos realizados. Esa es la actividad donde he encontrado otras personas con las mismas afinidades y pasiones. Con la obsesión de rellenar con letras o palabras las cuartillas, emborronar, hacer apuntes sentado en un banco, o donde quiera que la inspiración o  el hado, se dignen a acogerte. Alguien definió la literatura como colocar la palabra más apropiada en el sitio más exacto. Pero tiene que haber algo más, de otro modo cualquier persona avispada con la técnica necesaria podría escribir una obra apreciable. Todos sabemos que esto no  es así, que escribir duele y sirve como bálsamo. Que hace daño y cura al mismo tiempo. Pero no todo es tan sencillo como colocar palabras como en un rompecabezas; y esta diferencia es lo que hace que una vez terminada la obra sirva de bálsamo y cura para los lectores; o pase directamente al cajón del olvido. Por eso en días como hoy el agradecimiento a quienes te recuerdan es profundo y sincero. El hermanamiento con estos compañeros que sustraen un tiempo precioso de sus vidas, para regalarte su amistad, te produce una profunda emoción. Y eso es lo  que queda al final de nuestras vidas. Tan sólo los momentos que se han vivido intensamente y con afecto. Por eso hoy, en medio de la amplia catarata palabras que nos ofrece el idioma. Rodeado de la riqueza de vocabulario de nuestra lengua, tan solo encuentro una palabra. Una sola que defina vuestra presencia aquí y la mía. Gracias.

                                                   27 de Noviembre de 2014

Belleza Prohibida

                       
  Título original: Stage Beauty
  Año: 2004   Duración: 120 min
  Director: Richard Eyre
  Guión: Jeffrey Hatcher
 Intérpretes: Billy Crudup, Claire Danes, Rupert Everett, Tom      Wilkinson, Ben Chaplin, Hugh Bonneville,  Richard Griffiths


La dificultad de aproximación a un film como Belleza Prohibida, radica en las referencias que se van a intentar buscar con otra obra como Shakespeare In Love. Simetrías escasamente acep, ya que deviene en absurdo la comparación entre obras independientes, con entidad propia, con la única similitud de que se desarrollen en época similar, o dentro de  unos parámetros (teatro, sociedad) comunes. Durante el Siglo XVII, Ned Kynaston, es la “actriz” más cotizada de un Londres donde convive lo sórdido con los privilegios de la nobleza, los callejones habitados de heces de caballo, junto a la suntuosidad de la Corte del rey Carlos II (Rupert Everett). La prohibición de pisar los escenarios a las mujeres, obliga a que todos los papeles sean representados por el género masculino. Partiendo de esta absurda injusticia histórica (similar al fenómeno castrati en lo musical), Richard Eyre nos ofrece un notable retablo de época, preñado de cinismo, dentro de un ejercicio de amor por el teatro en lenguaje cinematográfico puro, transiciones visuales potentes y la cámara alternando ritmos narrativos de allegro y adagio, acordes con las sensaciones y vivencias del elenco. Acompañada en todo momento de una banda sonora que alterna compases célticos con aproximaciones al barroco cortesano y se convierte en un personaje más, narrador de las pulsiones de los protagonistas. 

Ejercicio metateatral, de continuas referencias para el aficcionado sagaz; incluso se refieren a los personajes de Punch y Judy, aquellas violentas marionetas de cachiporra, íconos del teatro británico; que convierte el texto en uno de los puntales sólidos de esta producción. Si nuestro solar patrio respirara la admiración por su Siglo de Oro que los ingleses sienten por su era dorada, otro gallo cantaría. La narración del ascenso y caída de Edward Kynaston, está planteada en clave adulta. No es un film complaciente o edulcorado, ni un cuento de hadas de la Restauracion, aunque incluso en las escenas más cruentas adquiere un tono satírico y distanciador, no exento de humor. Edward es un personaje exiliado de sí mismo, educado durante años para imitar las inflexiones, los gestos y modos de mujer, no sabe encontrar su propia identidad, y se convierte en amante del Duque de Buckingham (notable Ben Chaplin) En uno de sus diálogos, se encuentra lo que puede ser un fallo de scrip o de traducción, ya que es difícil que un noble de esa época descargue una frase como “ igual me dejo caer por allí” El amor entre bambalinas que Marie siente por el andrógino actor, es abnegado al tiempo que práctico, ya que es una mujer fuerte, que además de imitar y mimetizar los gestos, sus recursos escénicos y movimientos, utiliza el tiempo libre para actuar de incógnito; disfrazada, en un teatro suburbial. El trajín de idas y venidas en esta primera parte, contrapunteado por melodías célticas (reminiscencias Lords of the Dance) imprime un ritmo visual casi de Comedia de puertas (otras vez el metaeatro). El plantel de secundarios, de lujo, Rupert Everett (La Boda de mi Mejor Amigo, Un Marido Ideal) y Tom Wilkinson (Full Monty, ¡Olvídate de Mí!), apuntalan el edificio de una trama donde el rey es un tipo caricaturesco, excéntrico y con un satírico humor de lo más brithish, y el director del teatro, un hombre cabal y práctico que ama la escena y vive para ella. Sin olvidar la pizpireta Nell (Zoe Tapper), amante del rey, toda vitalidad; que protagoniza algunas de las escenas más picantes y políticamente incorrectas. La cortesana, actriz aficionada, sirve como eje motor de la trama que permite a la mujer volver a las tablas. Este hecho significará el ascenso de María como figura teatral y el descenso a los infiernos de Kynaston, que termina en un antro interpretando canciones obscenas y procaces, como una burla de sí mismo. María acude a rescatarlo para hacerle encontrar su propio ser. Kynaston la ayuda con su personaje  Desdémona en la representación de Otelo, interpretando al pérfido moro. 

Durante el último acto, y ante el asombro de los espectadores, exorcizan todos sus demonios interiores. Aunque presentado como un tratado sobre la confusión, el final  requerido no  es el esperado por los palomiteros, y deja en el aire la conclusión. Belleza Prohibida es un juego de espejos ambiguos, con escenas notables y diálogos inteligentes (algo que se agradece) chispeantes y equívocos. Parábola sobre la resistencia al cambio y las injusticias  sociales, colmada de geniales secuencias, como la comida en el Palacio, el instante en que el director del teatrucho clandestino se refiere a los senos de Claire Daines (Es ilegal que esas suban a escena), o el escabroso diálogo en el carruaje, donde dos damas petimetras han invitado al actor/actriz, para ver que morboso tesoro oculta bajo sus ropajes. La historia de un hombre condenado al ostracismo, despechado por su amante por no ser femenina, admirado por su interpretación por no ser masculina, incapaz de interpretar, por no saber que es realmente, está llena de amor al teatro, aunque las transiciones y ritmo sean claramente cinematográficos. No en vano el multipremiado Richard Eyre fue director del Royal National Theatre, donde produjo más de 100 obras (sin olvidar la oscarizada Iris) y está basada en la obra de teatro “Compleat Female Stage Beuty” de Jeffrey Hatcher (quien hace la adaptación al guión). Esta es una película románticamente incorrecta que posee no sólo solidez narrativa y textual, que se adentra profundamente en la psicología de los personajes, en un muestrario de miserias, sevicias, ignominias y dudas. Apoyando todo el edificio sobre la interpretación, fresca, sensible, cercana, cotidiana de una Claire Daines inmensa en su sencillez, y en el lenguaje equívoco; gestual y vital; de Billy Cudrup, en una difícil perfomance por su cercanía a la caricatura, o su peligroso sesgo patético, pero que ambos superan con creces. Belleza Robada es obra notable desde todos los ángulos. No precisa comparaciones ni modelos a seguir. Su propia inteligencia, atrevimiento, su diseño de producción, y ese impactante final en la representación/catarsis de Otelo son todo un testimonio de vida, amor al teatro y de talento narrativo. Solo este talento hace que admitamos que en 1660, los actores supuestamente negociaban contratos con porcentajes de taquilla, como estrellas de Hollywood, y que Kynaston se convierta en pionero del método Stanislavski, ofreciendo la interiorización del personaje y el naturalismo, enfrentada al amaneramiento,  la impostada afectación y artificialidad  del teatro de la época. Una broma interna que no lastra la veracidad del personaje.


martes, 9 de diciembre de 2014

Caminando entre las Tumbas



Caminando entre las tumbas
Título original: A Walk Among the Tombstones
País: USA
Estreno en España: 31/10/2014
Productora: Cross Creek Pictures, Double Feature Pictures, Exclusive Media Group, Jersey Films
Director: Scott Frank
Guión: Scott Frank
Reparto: Liam Neeson, Dan Stevens, Marina Squerciati, Boyd Holbrook, Sebastian Roché, Whitney Able, Briana Marin, Mark Consuelos, Marina Squerciati, Astro, Frank De Julio, David Harbour, Stephanie Andujar, Ólafur Darri Ólafsson, Laura Birn, Maurice Compte

El temor del espectador al acercarse a un film de estas características es encontrarse de frente con la enésima versión del justiciero urbano vía Charles Bronson y Harry el  Sucio, cuyo cetro ha sido recuperado en esta década por los Neeson y Denzel de turno, que mantienen una cierta dignidad en el género. Actores como Liam Neesom son una garantía para dotar a las cintas de cierta calidad y levantarlas del pozo sin fondo dónde termina gran parte de lo realizado en este género. Neesom se ha convertido en un imprescindible en estas adaptaciones de novela negra, uno de los pocos actores que a su edad, ha orientado su carrera; como debería haber hecho Harrison Ford; compitiendo con actores más jóvenes como el citado Denzel Whasington por el trono del thriller con  fundamento. El peligro radica en  que se convierta en un personaje ubicuo, utilizado para dar fiabilidad a las producciones, como le  ha sucedido al eficiente Morgan Freeman y termine aburriendo a la audiencia por exceso. Neesom aterriza en  el género de la  mano de Pierre Morel (Venganza), aunque lo que en aquella, y su secuela era pura adrenalina para catarsis del espectador, en este pulp noir es suciedad y atmósfera oscura durante toda su primera parte, donde en lo argumental prima la investigación sobre la pólvora. 

Caminando entre las tumbas es una propuesta atípica. El vengador no es unidimensional, está poblado de claroscuros. Matt Scuder trata de escapar de su pasado de gatillo fácil y vasos de bourbon encadenados, haciendo “favores” como detective sin licencia. El personaje creado por el escritor Lawrence Block, que en Estados Unidos es una figura del género, protagoniza varias novelas y no es la primera vez que aparece en pantalla. Jeff Bridges lo interpretó en Ocho Millones de Maneras de Morir (1986) bajo la batuta de  Hal Ashby. Scuder es un protagonista que busca la redención por un error del pasado, pero que el epílogo deja un metálico sabor de boca, ante la imposibilidad de erradicar el mal con sermones o golpecitos en la espalda. Por eso la presencia del muchacho que ejerce de ayudante, acercándonos a una metaliteratura (Watson o las referencias a Sam Spade), sirve de catalizador para dar un nuevo sentido a la oscuridad vital del ex-policía. Sin salir de los parámetros del hardboiled clásico, nos presenta unos narcotraficantes atípicos; ligeramente lelos; cuyas esposas son secuestradas y descuartizadas por dos sicokillers de inquietante presencia. Aquí es donde flojea el guión y se difuminan ligeramente las expectativas (ese videoclub clandestino y nómada para monstruos adictos, la presentación de los psicópatas, casi sobrenatural, el mórbido tarado que utilizan para sus cuitas...etc. Todo el edificio se viene abajo en la parte final, cuando terminan actuando como dos matarifes al uso, después de haber creado expectativas superiores. Narrada sin excesos visuales, ni sobredosis de adrenalina, se agradece ese rito reposado y turbio, que avanza hacia la debacle final sin coartadas, ni justificaciones. Caminando  entre  las Tumbas, se deja ver por el buen hacer de un actor como Neesom. El irlandés da verosimilitud a un personaje en busca de la expiación de sus fantasmas, que no  la encuentra del modo que él esperaba, sino  en  la  presencia de un niño que le hace salir de su concha y avistar un futuro menos lóbrego, sin caer demasiado en  el lugar común. Este ángel caído se mueve en una Nueva York espectral, donde el realismo sucio nos retorna a lo mejor de la novela negra. Si sirve como disparo de salida para retornar a un género mucho más imbricado en los personajes y el suspense, que en las ráfagas de balas y los patadones, bienvenida sea.

 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Exposición de Rafael Sanz Lobato en la Sala Europa. Badajoz


Rafael Sanz Lobato consigue atrapar el instante y acercarlo a la eternidad a través del visor de su cámara. Por que por encima de los condicionamientos técnicos, el manejo de la luz y la profundidad de campo, el obturador, las aberturas, lo que queda es la profunda huella personal que el autor imprime a sus criaturas en papel fotográfico. Y esto es algo en lo que la técnica nunca iguala al talento. En los años de postguerra un grupo de fotógrafos documentalistas tratan de buscar su propio camino, aproximándose a un realismo, no exento por ello de creatividad y de aportaciones de autor. No hay que olvidar que el paisaje que atrapan está condicionado por los márgenes del visor, es decir apartado de su contexto completo, diseccionado. Procesado por las obsesiones y pasiones de cada autor. Por ello el reflejo documentalista lo es en la medida en que la realidad pasa por el tamiz del fotógrafo y es sublimada, hasta alcanzar el concepto de arte o belleza, algo que en el original utilizado, quizás ni siquiera habitara. La visión fotográfica, transforma la realidad y obtiene de ella matices desconocidos al ojo que carece de lente y objetivo. El costumbrismo se transforma en Rafael Sanz Lobato en una suerte de surrealismo, los festejos tradicionales y religiosos, quedan anclados para siempre en un mundo fantasmagórico e irreal. Esos cielos brumosos, con mujeres habitadas de luto, esas bestias a punto de ser rapadas envueltas en una neblina irreal, la niña de blanco contrapunteada por el bulto oscuro de una anciana sin rostro.


Resulta obvio que para el espectador que contemplaba la misma escena en esos momentos, el mundo no se desarrollaba en los mismo parámetros. Que esas tonalidades extraordinarias sólo existían en la visión del artista, formaban parte de su intramundo. Si realizar una fotografía de calidad es una misión harto difícil, el documentalismo se lleva la palma en cuanto a la dificultad de captar el instante. No hay tiempo para luces de estudio, para calibrar detalles. Si además, el resultado es un profundo estudio antropológico, de amplio calado humano y social, detrás se esconde una percepción especial del entorno que solo tienen algunos privilegiados.




Los paisajes del autor destilan poesía, sus bodegones fascinan, e invitan a la contemplación de esas naturalezas muertas de una composición técnicamente apabullante. Pero son los retratos donde la inspiración del autor imprime su sello a los modelos, extrayendo de ellos una complicidad para captar el instante de expresión que los refleja sin distracciones, sin coartadas humanas. Este artista  fue galardonado con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2003 y es Premio Nacional de Fotografía en 2011. Reconocimiento para una generación olvidada cuya deuda aún no ha sido reconocida. Artesano del laboratorio, impregna sus imágenes de la España Negra, de una España profunda, rural (vía Baroja) que mantiene sus rituales intactos, transmitidos por generaciones. Sanz inmortaliza esos rostros de una nación de liturgias formales, de formas externas, anclada en el pasado. Ciertamente el espectador se asombra al ver las fechas de las fotografías, la aridez de los  paisajes humanos, que nos retrotraen a décadas anteriores. Instantes mágicos que captan la mirada de mujeres invadidas de luto, de rituales etnográficos. Sanz Lobato ha convertido en eternas, unas historias ya olvidadas, envueltas en un claroscuro magistral. La composición y el plano, revelan el talento visual de este creador, pero al mismo tiempo, su percepción poética del entorno, su respeto por los protagonistas, ofrendan una sensibilidad capaz de transformar lo cotidiano en un suceso mágico. Un regalo para los ojos y el espíritu.